ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Página 34
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
articulación de la rodilla. Dejó caer el cuerpo hacia el lado de la pierna sana, que quedó
colgando fuera de la cama, luego, con las manos juntas por debajo del muslo, intentó
mover en el mismo sentido la pierna herida. Como una jauría de lobos que despertaran de
súbito, los dolores corrieron en todas direcciones para seguir luego cercando el cráter
soturno del que se alimentaban. Ayudándose con las manos, fue arrastrando lentamente el
cuerpo por el jergón en dirección al pasillo. Cuando alcanzó el alzado de los pies de la
cama, tuvo que descansar. Respiraba con dificultad, como si padeciera de asma, la cabeza
oscilaba sobre los hombros y apenas podía sostenerse en ellos. Al cabo de unos minutos, la
respiración se le reguló, y él empezó a levantarse lentamente, apoyado en la pierna buena.
Sabía que la otra de nada iba a servirle, que tendría que arrastrarla tras de sí a donde quiera
que fuese. Sintió un mareo, un temblor irreprimible le atravesó el cuerpo, el frío y la fiebre
le hicieron castañetear los dientes. Amparándose en los hierros de las camas, pasando de
una a otra, fue avanzando entre los dormidos, tiraba, como de un saco, de la pierna herida.
Nadie lo vio, nadie le preguntó, Adónde va a estas horas, si alguien lo hubiera hecho, ya
sabía qué responder, Voy a mear, diría, lo que no quería era que la mujer del médico le
preguntara, a ella no podría engañarla, tendría que decirle la idea que llevaba en la cabeza,
No puedo seguir pudriéndome aquí, sé que su marido hizo lo que estaba a su alcance, pero
cuando yo iba a robar un coche no le pedía a otro que lo robase por mí, ahora es lo mismo,
soy yo quien tengo que ir fuera, cuando me vean en este estado se darán cuenta de que
estoy muy mal, me meterán en una ambulancia y me llevarán al hospital, seguro que hay
hospitales sólo para ciegos, uno más no les importará, me tratarán la pierna, me curarán, oí
decir que eso es lo que se hace con los condenados a muerte, si tienen apendicitis, los
operan y sólo después los matan, para que mueran sanos, aunque, por mí, si quieren
pueden volver a traerme aquí, no me importa. Avanzó más, apretando los dientes para no
gemir, pero no pudo reprimir un sollozo de agonía cuando, llegado al extremo de la fila,
perdió el equilibrio. Se había equivocado en la cuenta de las camas, esperaba que quedara
una más y era ya el vacío. Caído en el suelo, no se movió. hasta estar seguro de que nadie
se había despertado con el ruido del golpe. Luego descubrió que la posición convenía
perfectamente a un ciego, si avanzaba a gatas podría encontrar con más facilidad el
camino. Se fue arrastrando así hasta llegar al zaguán, allí se detuvo para pensar qué iba a
hacer, si sería mejor llamar desde la puerta, o acercarse a la reja aprovechando la cuerda
que había servido de pasamanos. Sabía muy bien que si llamaba pidiendo ayuda lo
mandarían que volviera inmediatamente para atrás, pero la alternativa de tener como único
socorro, después de todo lo que, pese al apoyo sólido de las camas, había sufrido, una
cuerda bamboleante, insegura, le hizo dudar. Pasados unos minutos, creyó encontrar la
solución, Iré a gatas, pensó, me pongo debajo de la cuerda, de vez en cuando levanto la
mano para ver si voy por el buen camino, esto es lo mismo que robar un coche, siempre
encuentra uno la manera. De repente, sin que se apercibiera, su conciencia se despertó y le
censuró ásperamente por haber sido capaz de robar el automóvil a un pobre ciego, Si estoy
ahora en esta situación, argumentó, no es por haberle robado el coche, sino por haberle
acompañado hasta su casa, ése fue mi inmenso error. No estaba la conciencia para debates
casuísticos, sus razones eran simples y claras, Un ciego es sagrado, a un ciego no se le
roba, Técnicamente hablando, no le robé, ni él llevaba el coche en el bolsillo ni yo le
apunté con una pistola, se defendió el acusado, Déjate de sofismas, rezongó la conciencia,
y sigue andando.
El aire frío de la madrugada le refrescó la cara. Qué bien se respira aquí fuera,
pensó. Le pareció notar que la pierna le dolía mucho menos, pero eso no le sorprendió, ya
antes, más de una vez, le había ocurrido lo mismo. Estaba en el rellano exterior, no tardaría
en llegar a los escalones, Va a ser complicado, pensó, bajar con la cabeza delante. Levantó
un brazo para asegurarse de que la cuerda estaba allí, y avanzó. Tal como había previsto,
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