ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Página 145
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
hasta donde estaban los ojos, sino tapados así como dices, con esos paños atados, como si
una ceguera sola no bastase, es curioso que una venda como ésta mía no causa la misma
impresión, a veces da incluso un aire romántico a la persona, y se rió de lo que había dicho
y de sí mismo. En cuanto a la chica de las gafas oscuras, se contentó con decir que
esperaba no tener que ver en sueños esa maldita galería, que de pesadillas ya iba bien
servida. Comieron de lo malo que había, que era lo mejor que tenían, la mujer del médico
dijo que cada día era más difícil encontrar comida, que quizá tendrían que salir de la
ciudad e irse a vivir al campo, allí, al menos, los alimentos que cogieran serían más sanos,
y debe de haber cabras y vacas sueltas, podríamos ordeñarlas, tendríamos leche, y está el
agua de los
pozos, podremos cocer lo que nos parezca, la cuestión es encontrar un buen sitio. Cada uno
dio después su opinión, unas más entusiastas que las otras, pero para todos estaba claro que
la situación acuciaba, quien expresó una satisfacción sin reticencias fue el niño estrábico,
posiblemente por tener buenos recuerdos de vacaciones. Después de haber comido, se
echaron a dormir, lo hacían siempre, desde el tiempo de la cuarentena, cuando les enseñó
la experiencia que un cuerpo acostado aguanta mejor el hambre. Por la noche no comieron,
sólo el niño estrábico recibió algo para ir entreteniendo los molares y engañar el apetito,
los otros se sentaron a oír la lectura del libro, al menos no podrá protestar el espíritu contra
la falta de alimento, lo malo es que la debilidad del cuerpo llevaba a veces a distraer la
atención de la mente, y no por falta de interés intelectual, no, lo que ocurría era que el
cerebro se deslizaba hacia una media modorra, como un animal que se dispone a hibernar,
adiós mundo, por eso no era raro que cerrasen estos oyentes mansamente los párpados, se
disponían a seguir con los ojos del alma las peripecias del enredo hasta que un lance más
enérgico los sacudía de su torpor, cuando no era simplemente el ruido del libro
encuadernado cerrándose de golpe, con estruendo, la mujer del médico tenía estas
delicadezas, no quería dar a entender que sabía que el soñador se había quedado dormido.
En este suave sopor parecía haber entrado el primer ciego, y, pese a todo, no era
así. Verdad es que tenía los ojos cerrados y que prestaba a la lectura una atención más que
vaga, pero la idea de irse todos a vivir al campo le impedía dormir, le parecía un grave
error apartarse tanto de su casa, por simpático que fuese, al escritor aquél convenía tenerlo
bajo vigilancia, aparecer por allí de vez en cuando. Se encontraba, por tanto, muy despierto
el primer ciego, y si alguna otra prueba fuese necesaria, ahí estaba el blancor deslumbrante
de sus ojos, que probablemente sólo el sueño oscurecía, pero ni de esto se podría tener
seguridad, ya que nadie puede estar al mismo tiempo durmiendo y en vela. Creyó el primer
ciego haber esclarecido al fin estas dudas cuando de repente el interior de sus párpados se
le volvió oscuro, Me he quedado dormido, pensó, pero, no, no se había quedado dormido,
continuaba oyendo la voz de la mujer del médico, el niño estrábico tosió, entonces le entró
un gran miedo en el alma, creyó que había pasado de una ceguera a otra, que habiendo
vivido en la ceguera de la luz iría ahora a vivir en la ceguera de las tinieblas, el pavor le
hizo gemir, Qué te pasa, le preguntó la mujer, y él respondió estúpidamente, sin abrir los
ojos, Estoy ciego, como si ésa fuese la última novedad del mundo, ella lo abrazó con
cariño, Venga, hombre, ciegos lo estamos todos, qué le vamos a hacer, Lo he visto todo
oscuro, creí que me había dormido, y resulta que no, estoy despierto, Eso es lo que tendrías
que hacer, dormir, no pensar en esto. El consejo le puso furioso, estaba allí un hombre
angustiado hasta un punto que sólo él sabía, y a su mujer no se le ocurría más que decirle
que se fuese a dormir. Irritado, y ya con la respuesta ácida escapando de la boca, abrió los
ojos y vio. Vio y gritó, Veo. El primer grito fue aún el de la incredulidad, pero con el
segundo, y el tercero, y unos cuantos más, fue creciendo la evidencia, Veo, veo, se abrazó
a su mujer como loco, después corrió hacia la mujer del médico y la abrazó también, era la
primera vez que la veía, pero sabía quién era, y sabía también quién era el médico, y la
Página 145 de 148