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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
hombre podrías esquivar la respuesta, como hacen todos, pero tú mismo acabas de decir
que eres un viejo, y un viejo, si haber vivido tanto sirve de algo, no debería volverle la cara a la
verdad, responde, Yo contigo, Y por qué quieres vivir conmigo, Esperas que te lo diga
delante de todos, Cosas más sucias, más feas, más repugnantes hemos hecho unos ante los
otros, seguro que no será peor lo que tienes que decirme, Sea, si lo quieres, porque al hombre que
aún soy le gusta la mujer que tú eres, Tanto te ha costado hacer una declaración de amor, A
mi edad uno tiene miedo al ridículo, No ha sido ridículo, Olvidemos esto, por favor, No
tengo intención de olvidar ni dejarte que olvides, Es un disparate, me has obligado a hablar,
y ahora, Y ahora me toca a mí, No digas nada de lo que puedas arrepentirte, recuerda lo de
la lista negra, Si yo soy sincera hoy, qué importa que mañana tenga que arrepentirme,
Cállate, Tú quieres vivir conmigo, y yo quiero vivir contigo, Estás loca, Viviremos juntos
aquí, como un matrimonio, y juntos seguiremos viviendo si tenemos que separarnos de
nuestros amigos, dos ciegos pueden ver más que uno, Es una locura, tú no me quieres, Qué es
eso de querer, yo nunca quise a nadie, sólo me acosté con hombres, Estás dándome la razón,
No. lo estoy, Has hablado de sinceridad, respóndeme sinceramente si es verdad que me
quieres, Te quiero lo suficiente como para querer estar contigo, y esto es la primera vez que
se lo digo a alguien, Tampoco me lo dirías a mí si me hubieras encontrado antes, un hombre
viejo, medio calvo, el pelo que le queda blanco, con una venda en un ojo y una catarata en el otro,
No lo diría la mujer que entonces era, lo reconozco, quien lo ha dicho es la mujer que ahora
soy, Veremos entonces qué va a decir la mujer que serás mañana, Me pones a prueba, Qué
idea, quien soy yo para ponerte a prueba, la vida es quien decide estas cosas, Una la ha
decidido ya.
Tuvieron esta conversación cara a cara, los ojos ciegos de uno clavados en los ojos
ciegos del otro, los rostros encendidos y vehementes, y cuando, por haberlo dicho uno de
ellos y por quererlo los dos, concordaron en que la vida había decidido que vivieran juntos,
la chica de las gafas oscuras tendió las manos, simplemente para darlas, no para saber por
dónde iba, tocó las manos del viejo de la venda negra, que la atrajo suavemente hacia sí, y
se quedaron sentados los dos, juntos, no era la primera vez, claro está, pero ahora habían
sido dichas las palabras de recibimiento. Ninguno de los otros hizo comentarios, ninguno
dio la enhorabuena, ninguno expresó votos de felicidad eterna, los tiempos, en verdad, no
están para festejos e ilusiones, y cuando las decisiones son tan graves como parece haber
sido ésta, nada tendría de sorprendente que alguien hubiera pensado que hay que ser ciego
para comportarse de este modo, el silencio es el mejor aplauso. Lo que la mujer del médico
hizo fue extender en el corredor unos cuantos cojines de sofá, suficientes para improvisar
cómodamente una cama, después condujo allí al niño estrábico, y le dijo, A partir de hoy
dormirás aquí. En cuanto a lo que ocurrió en la sala, todo indica que en esta primera noche
habrá quedado finalmente aclarado el caso de la mano misteriosa que le lavó la espalda al
viejo de la venda negra aquella mañana en que corrieron tantas aguas, todas ellas lustrales.
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