ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 127
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
piel les huele tanto a detergente que el olor aturde, pero así es la vida, quien no tiene can
caza con gato, el jabón se deshizo en un abrir y cerrar de ojos, aun así en esta casa parece
que
hay de todo, o será que saben hacer buen uso de lo que tienen, al fin se vistieron, el paraíso
era allá fuera, en la terraza, la bata de la mujer está empapada, pero ella se puso un vestido
de ramajes y flores, que llevaba años sin ponerse y que la convirtió en la más bonita de las
tres.
Cuando entraron en la sala de estar, la mujer del médico vio que el viejo de la
venda negra estaba sentado en el sofá donde había dormido. Tenía la cabeza entre las
manos, los dedos enredados en el pelo blanco que aún le puebla las sienes y la nuca, está
inmóvil, tenso, como si quisiera retener los pensamientos o, al contrario, impedirles que
sigan pensando. Las oyó entrar, sabía de dónde venían, qué habían estado haciendo, cómo
habían estado desnudas, y si sabía tanto no era porque de repente recuperara la vista y paso
a paso hubiera ido, como los otros viejos, a espiar no a una susana en el baño, sino a tres,
ciego estaba, ciego sigue, sólo se había asomado a la puerta de la cocina y desde allí oyó lo
que decían en la terraza, las risas, el rumor de la lluvia y los golpes del agua, respiró el olor
a jabón, luego se volvió a su sofá, para pensar que aún existía vida en el mundo, para
preguntarse si alguna parte de esta vida sería para él. La mujer del médico dijo, Las
mujeres ya están limpias, ahora les toca a los hombres, y el viejo de la venda negra
preguntó, Llueve todavía, Sí llueve, y hay agua en los recipientes de la terraza, Entonces
prefiero lavarme en el cuarto de baño, en la pila, pronunciaba la palabra como si estuviera
presentando su certificado de nacimiento, como si explicase, Soy del tiempo en que no se
decía bañera, sino pila, y añadió, Si no te importa, claro, no quiero ensuciarte la casa,
prometo no encharcarte el suelo, en fin, haré lo posible, En ese caso te llevaré los lebrillos
al cuarto de baño, Te ayudo, Puedo llevarlos sola, Para algo podré servir, digo yo, no estoy
inválido, Ven, entonces. En la terraza, la mujer del médico eligió un lebrillo casi rebosante,
Agárralo de ahí, le dijo al viejo de la venda negra guiándole las manos, Ahora, levantaron
el recipiente a pulso, Menos mal que me has ayudado, yo sola no podría, Conoces el
proverbio, Qué proverbio, El trabajo del viejo es poco, pero quien lo desprecia es loco, Ese
refrán no es así, Lo sé, donde dije viejo, es niño, donde dije desprecia, dice desdeña, pero
los proverbios, si quieren seguir diciendo lo mismo porque es necesario decirlo, hay que
adaptarlos a los tiempos, Eres un filósofo, Qué idea, sólo soy un viejo. Echaron el agua en
la bañera, luego la mujer del médico abrió un cajón, recordando que tenía una pastilla de
jabón sin estrenar. Se la puso en la mano al viejo de la venda negra, Vas a oler a gloria,
mejor que nosotras, gasta todo el jabón que quieras, no te preocupes, faltará comida pero
jabón hay de sobra por esos supermercados, Gracias, Ten cuidado, no te resbales, si quieres
llamo a mi marido para que venga a ayudarte, No, prefiero lavarme solo, Como quieras, y
aquí tienes, fíjate, dame la mano, una maquinilla de afeitar y una brocha, por si quieres
raparte esas barbas, Gracias. La mujer del médico salió. El viejo de la venda negra se quitó
el pijama que le había tocado en suerte en la distribución de la ropa, luego, con mucho
cuidado, entró en la bañera. El agua estaba fría y era poca, no llegaba a tener un palmo de
profundidad, qué diferencia entre recibirla viva, cayendo del cielo a chorros, riendo como
las tres mujeres, y este chapotear triste. Se arrodilló en el fondo de la bañera, aspiró hondo,
con las manos en concha se echó al pecho el primer golpe de agua, que casi le cortó la
respiración. Se mojó entero rápidamente para no tener tiempo de estremecerse, luego, por
orden, con método, empezó a enjabonarse, a frotarse enérgicamente, partiendo de los
hombros, brazos, pecho y abdomen, el pubis, el sexo, la entrepierna, Estoy peor que un
animal, pensó, después los muslos flacos, hasta la corteza de suciedad que calzaba sus pies.
Dejó quieta la espuma para que la acción de la limpieza fuese más prolongada, y dijo,
Tengo que lavarme la cabeza, y se llevó las manos atrás para desatar la venda, También
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