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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
día, lo que hubiera en los cajones, en alguna caja fuerte descuidadamente abierta, en un
saquete de cambio a la antigua, como los que usaban los tatarabuelos, no os podéis
imaginar lo que fue aquello, los grandes y suntuosos patios de operaciones de las sedes
bancarias, las sucursales de barrio, asistieron a escenas realmente aterradoras, y no hay que
olvidar el detalle de las cajas automáticas, saqueadas hasta el último billete, en los
monitores de algunas, enigmáticamente, aparecieron unas palabras de gratitud por haber
elegido este banco, las máquinas son así de estúpidas, o quizá sería mejor decir que éstas
traicionaban a sus señores, en fin, todo el sistema bancario se vino abajo en un soplo, como
un castillo de naipes, y no porque la posesión de dinero hubiese dejado de ser apreciada, la
prueba está en que, quien lo tiene, no lo quiere soltar, alegan ésos que no se puede prever
lo que será el día de mañana, y también con esa idea estarán sin duda los ciegos que se
instalaron en los sótanos de los bancos, donde están las cajas fuertes, esperando un milagro
que les abra de par en par las pesadas puertas de acero-níquel que los separan de la riqueza,
sólo salen de allí para buscar comida y agua o para satisfacer las otras necesidades del
cuerpo, y vuelven luego a su puesto, usan consignas y señales de los dedos para que ningún
extraño entre en su reducto, claro que viven en la oscuridad más absoluta, pero es igual,
para esta ceguera todo es blanco. El viejo de la venda negra fue narrando todos estos
tremendos acontecimientos de banca y finanzas mientras atravesaban con toda calma la
ciudad, con algunas paradas para que el niño estrábico pudiera apaciguar los tumultos
insufribles de su intestino, y pese al tono verídico que supo imprimir a la apasionante
descripción, es lícito sospechar la existencia de ciertas exageraciones en su relato, la
historia de los ciegos que viven en los sótanos de los bancos, por ejemplo, cómo la iba a
saber él si no conoce la consigna ni el truco del pulgar, pero, en todo caso, sirvió para
hacernos una idea.
Declinaba el día cuando por fin llegaron a la calle donde viven el médico y su
mujer. No se distingue de las otras, las inmundicias se amontonan por todas partes, bandas
de ciegos vagan a la deriva, y, por primera vez, aunque si no las encontraron antes fue por
simple casualidad, enormes ratas, dos, con las -que no se atreven los gatos que por allí
andan, porque son casi del tamaño de ellos y sin duda mucho más feroces. El perro de las
lágrimas miró a unas y otros con la indiferencia de quien vive en otra esfera de emociones,
se diría esto si no fuera el perro que sigue siendo, pero un animal de los humanos. A la
vista de los sitios conocidos, la mujer del médico no hizo la melancólica reflexión de
costumbre, que consiste en decir, Hay que ver cómo pasa el tiempo, hace nada éramos
felices aquí, a ella lo que le sorprende es la decepción, inconscientemente había creído que,
por ser la suya, iba a encontrar la calle limpia, barrida, aseada, que sus vecinos estarían
ciegos de los ojos pero no del entendimiento, Qué estupidez la mía, dijo en voz alta, Por
qué, qué pasa, preguntó el marido, Nada, fantasías, Cómo pasa el tiempo, a ver cómo está
la casa, dijo él, Ya falta poco para que lo sepamos. Las fuerzas eran escasas, por eso
subieron la escalera lentamente, parándose en cada rellano, Es en el quinto, había dicho la
mujer del médico. Iban como podían, cada uno cuidando de su propia persona, el perro de
las lágrimas a ratos delante, a ratos detrás, como si hubiera nacido para guardar rebaños,
con orden de evitar que se perdiera ninguna oveja. Había puertas abiertas, voces en el
interior, el nauseabundo olor de siempre saliendo en vaharadas, dos veces aparecieron
ciegos en el umbral mirando con ojos vagos, Quién está ahí, preguntaron, la mujer del
médico reconoció a uno de ellos, el otro no era de la casa, Vivíamos aquí, se limitó a
responder. Por la cara del vecino pasó también una expresión de reconocimiento, pero no
preguntó, Es usted la esposa del doctor, tal vez diga, cuando vaya a acostarse, Han vuelto
los del quinto. Superado el último tramo de escalera, antes incluso de posar el pie en el
rellano, la mujer del médico anunció, Está cerrada. Había indicios de tentativas de echarla
abajo, pero la puerta resistió. El médico introdujo la mano en el bolsillo interior de la
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