ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Seite 118
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
casa, si no recuerda mal y si nadie por allí anduvo, una razonable cantidad de conservas, lo
adecuado para un matrimonio, pero aquí son siete a comer, las reservas poco durarán,
aunque se aplique un severo racionamiento. Mañana, o cualquier día de éstos, tendrá que
volver al almacén subterráneo del supermercado, tendrá que decidir si va sola o si le pide
al marido que la acompañe, o al primer ciego, que es más joven y más ágil, la elección está
entre recoger una cantidad mayor de comida y la rapidez de acción, incluyendo, conviene
no olvidarlo, las condiciones de la retirada. La basura en las calles, que parece haberse
duplicado desde ayer, los excrementos humanos, medio licuados por la lluvia violenta los
de antes, pastosos o diarreicos los que están siendo evacuados ahora mismo por estos
hombres y mujeres mientras vamos pasando, saturan de hedores la atmósfera, como una
niebla densa a través de la cual sólo con gran esfuerzo es posible avanzar. En una plaza
rodeada de árboles, con una gran estatua en el centro, una jauría está devorando a un
hombre. Debía de haber muerto hace poco, sus miembros no están rígidos, se nota cuando
los perros los sacuden para arrancar al hueso la carne desgarrada con los dientes. Un
cuervo da saltitos en busca de un hueco para llegar también a la pitanza. La mujer del
médico desvió los ojos, pero era demasiado tarde, el vómito ascendió irresistible de las
entrañas, dos veces, tres veces, como si su propio cuerpo, aún vivo, se viera sacudido por
otros perros, la jauría de la desesperación absoluta, hasta aquí he llegado, quiero morir
aquí. El marido preguntó, Qué tienes, los otros, unidos por la cuerda, se acercaron más,
repentinamente asustados, Qué ha pasado, Te ha sentado mal la comida, Algo que estaría
pasado, Pues yo no noto nada, Ni yo. Menos mal, mejor para ellos, sólo podían oír la
agitación de los animales, un insólito y repentino graznido de cuervo, en la confusión uno
de los perros le había mordido en un ala, de pasada, sin mala intención, entonces la mujer
del médico dijo, No lo he podido evitar, perdonadme, es que hay aquí unos perros que se
están comiendo a otro perro, Se están comiendo a nuestro perro, preguntó el niño estrábico,
No, no es el nuestro, el nuestro, como tú dices, está vivo, anda alrededor de ellos, pero no
se a