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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
Las bolsas de plástico van mucho más ligeras de lo que vinieron, no es extraño, la
vecina del primero comió también de ellas, dos veces comió, primero anoche, y hoy le
dejaron también algo cuando le pidieron que se quedara con las llaves y las guardara por si
aparecían los legítimos dueños, cuestión de endulzarle la boca, que del carácter de ella
tenemos ya noticia suficiente, y esto sin hablar del perro de las lágrimas que también
comió de las bolsas, sólo un corazón de piedra habría sido capaz de fingir indiferencia ante
aquellos ojos suplicantes, y a propósito, dónde se ha metido el perro, no está en la casa, por
la puerta no ha salido, sólo puede estar en el huerto, fue la mujer del médico a com-
probarlo, y así era en efecto, el perro de las lágrimas estaba comiéndose una gallina, tan
rápido había sido el ataque que ni una señal de alarma se había disparado, pero si la vieja
del primero tuviera ojos y anduviese con las gallinas contadas, no se sabe el destino que, de
rabia, podían tener las llaves. Entre la consciencia de haber cometido un delito y la
impresión de que la criatura humana a quien protegía se marchaba de allí, el perro de las
lágrimas no lo dudó un momento, rápidamente escarbó el suelo blando, y antes de que la
vieja del primero se asomara al rellano de la escalera de socorro para olfatear la fuente de
los ruidos que le entraban en la casa, estaba ya enterrado lo que quedaba de la gallina,
oculto el crimen, reservados para otra ocasión los remordimientos. El perro de las lágrimas
se escabulló por la escalera arriba, rozó como un soplo las faldas de la vieja, que ni tiempo
tuvo de darse cuenta del peligro por el que acababa de pasar, y se fue junto a la mujer del
médico, donde anunció a los vientos su proeza. La vieja del primero, oyendo ladrar con
tamaña ferocidad, temió, ya sabemos que demasiado tarde, por la seguridad de su
despensa, y gritó estirando el cuello hacia arriba, Ese perro tiene que estar sujeto, que va a
matarme cualquier día una gallina, Descuide, respondió la mujer del médico, el perro no
tiene hambre, ha comido ya, y nosotros nos vamos ahora mismo, Ahora, repitió la vieja, y
hubo en su voz un quiebro como de tristeza, como si quisiera que lo entendieran de un
modo muy distinto, por ejemplo, Y me van a dejar sola aquí, pero no dijo una palabra más,
sólo aquel Ahora que no pedía siquiera una respuesta, también los duros de corazón tienen
sus disgustos, el de esta mujer fue tal que después no quiso abrir la puerta para despedir a
los desagradecidos a quienes había dado paso franco por su casa. Los oyó bajar la escalera,
iban hablando unos con otros, decían, Cuidado, no tropieces, Pon la mano en mi hombro,
Agárrate al pasamanos, las palabras de siempre, pero ahora más comunes en este mundo de
ciegos, lo que sí le pareció extraño fue oír a una de las mujeres, que decía, Aquí está tan
oscuro que no veo nada, que la ceguera de esta mujer no fuese blanca ya era, de por sí, algo
sorprendente, pero que la oscuridad no la dejase ver, qué podría significar. Quiso pensar, se
estrujó el cerebro, pero la cabeza medio desvanecida no se lo permitió, al cabo de un rato
estaba diciéndose a sí misma, Seguro que oí mal, eso fue. En la calle, la mujer del médico
se acordó de lo que había dicho, tenía que andar con más cuidado, moverse como quien
tiene ojos, eso sí podía hacerlo, Pero las palabras tienen que ser de ciego, pensó.
Reunidos en la acera, dispuso a los compañeros en dos filas de a tres, en la primera
colocó al marido y a la chica de las gafas oscuras, con el niño estrábico en el medio, en la
segunda iban el viejo de la venda negra y el primer ciego, encuadrando a la mujer. Quería
tenerlos a todos cerca, no en la frágil fila india de costumbre, en hileras que en cualquier
momento podrían romperse, bastaba con que se cruzasen en el camino con un grupo más
numeroso o más brutal, y sería como en el mar un paquebote cortando en dos una falúa que
se le hubiese puesto delante, ya se conocen las consecuencias de semejantes accidentes,
naufragio, destrozos, gente ahogada, inútiles gritos de socorro en la amplitud del océano, el
barco sigue adelante, ni se ha dado cuenta del atropello, así ocurriría con éstos, un ciego
aquí, otro allá, perdidos en las desordenadas corrientes de los otros ciegos, como las olas
del mar que no se detienen y no saben adónde van, y la mujer del médico sin saber, tam-
poco ella, a quién deberá acudir primero, dándole la mano al marido, tal vez al niño
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