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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
cerse, caía la noche. Pensó que hoy no precisarían buscar un abrigo donde dormir, se
quedarían aquí, A la vieja no le va a gustar que pasemos todos por su casa, murmuró. En
aquel momento, la chica de las gafas oscuras le tocó el hombro, y dijo, Las llaves están en
la cerradura, no se las llevaron. La dificultad, si lo era, estaba resuelta, no tendrían que
soportar el malhumor de la vieja del primero, Voy a bajar a llamarlos, se está haciendo de
noche, qué bien, hoy al menos podemos dormir en una casa, bajo el techo de una casa, dijo
la mujer del médico, Ustedes se quedarán en la cama de mis padres, Ya veremos luego,
Aquí quien manda soy yo, estoy en mi casa, Tienes razón, lo haremos como tú quieras, la
mujer del médico abrazó a la chica, después bajó a buscar a los otros. Escaleras arriba,
hablando animados, tropezando de vez en cuando en los peldaños pese a las advertencias
de la guía, Son diez en cada tramo, parecía que venían de visita. El perro de las lágrimas
los seguía tranquilamente, como si fuese cosa de toda la vida. En el rellano, la chica de las
gafas oscuras miraba para abajo, es la costumbre cuando sube alguien, sea para saber de
quién se trata, si no es persona conocida, sea para celebrar con palabras la acogida, si son
amigos, en este caso no era necesario tener ojos para saber quién llega, Entrad, entrad,
poneos cómodos. Apareció la vieja del primero acechando en la puerta, creyó que aquel
tropel sería uno de esos bandos que aparecen para dormir, y no se equivocaba, preguntó,
Quién anda por ahí, y la chica de las gafas oscuras respondió desde arriba, Es mi grupo, la
vieja quedó confusa, cómo pudo la chica llegar al rellano, lo comprendió inmediatamente y
se irritó consigo misma por no haber tenido la precaución de buscar y recoger las llaves de
las puertas de salida, era como si estuviese perdiendo los derechos de propiedad de una
casa de la que, desde hacía meses, era única habitante. No encontró mejor manera de
compensar la súbita frustración que decir, abriendo la puerta, Recuerden lo de la comida,
no se hagan los olvidadizos. Y como ni la mujer del médico ni la chica de las gafas
oscuras, una ocupada en guiar a los que llegaban, otra en recibirlos, le respondieran, gritó
destemplada, Lo han oído. Mala cosa hizo, porque el perro de las lágrimas, que en ese
momento exacto pasaba ante ella, empezó a ladrar furioso, la escalera atronaba toda con
los alaridos del can, fue mano de santo, la vieja soltó un grito de miedo y se metió
atropelladamente en su casa, cerrando la puerta. Quién es esa bruja, preguntó el viejo de la
venda negra, son cosas que se dicen cuando no tenemos ojos para nosotros mismos, si
hubiera vivido él como vivió ella, ya veríamos lo que le duraban sus modos civilizados.
No había otra comida sino la que traían en las bolsas, el agua tenían que ahorrarla
hasta la última gota, y con respecto a la iluminación, la suerte fue que encontraron dos
velas en el armario de la cocina, guardadas allí para ocasionales apagones y que la mujer
del médico encendió en su propio beneficio, que los otros no las necesitaban, ya tienen
una, luz dentro de las cabezas, tan fuerte que los había cegado. No disponían los
compañeros más que de este poco, y, aun así, fue una fiesta de familia, de esas, raras,
donde lo que es de cada uno es de todos. Antes de sentarse a la mesa, la chica de las gafas
oscuras y la mujer del médico fueron al piso de abajo, a cumplir la promesa, aunque más
exacto sería decir que fueron a satisfacer la exigencia de pagar con comida el paso por
aquella aduana. La vieja las recibió quejosa, rezongando, aquel perro maldito que no la
devoró de milagro, Mucha comida debéis de tener para mantener a una fiera así, insinuó,
como si esperara, por medio de este recriminatorio reparo, suscitar en las dos emisarias lo
que llamamos remordimientos de consciencia, realmente, dirían una a la otra, no sería
humano dejar morir de hambre a una pobre anciana mientras un animal come hasta
reventar. No volvieron atrás las dos mujeres para buscar más comida, la que llevaban ya
era una generosa ración, si tenemos en cuenta las difíciles circunstancias de la vida actual,
y así inesperadamente lo entendió la vieja del piso de abajo, a fin de cuentas menos
malvada de lo que parecía, que fue adentro a buscar la llave de atrás diciéndole a la chica
de las gafas oscuras, Toma, la llave es tuya, y, como si esto fuese poco, aún murmuró, al
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