ENSAYO SOBRE LA CEGUERA ensayo sobre la ceguera - grados decimos | Page 110
Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
palabras, que no hacían más que repetir lo que todo el mundo sabía, las oyó la chica como
el anuncio de una mala noticia. Llamó una vez, dos veces, tres veces, a la tercera con
violencia, a puñetazos, llamaba, Mamaíta, Papá, y nadie venía a abrir, los apelativos
cariñosos no conmovían la realidad, nadie vino a decir, Mi hija querida, al fin estás aquí,
creímos que nunca te íbamos a ver, entra, entra, esta señora debe de ser amiga tuya, que
entre, que entre también, la casa está un poco desordenada, no se fije mucho, la puerta
seguía cerrada, No hay nadie, dijo la chica de las gafas oscuras, y rompe a llorar apoyada
en la puerta, la cabeza sobre los antebrazos cruzados, como si con todo el cuerpo estuviese
implorando una desesperada piedad, si no hubiéramos aprendido ya lo suficiente de las
complicaciones del espíritu humano, nos sorprendería que quiera tanto a sus padres, hasta
el punto de estas demostraciones de dolor, una chica de costumbres tan libres, aunque no
está lejos quien dijo que no hay contradicción, ni la hubo nunca, entre esto y aquello. La
mujer del médico quiso consolarla, pero tenía poco que decir, sabemos que es casi
imposible que la gente permanezca mucho tiempo en sus casas, Podemos preguntar a los
vecinos, sugirió, si hay alguno, Sí, vamos a preguntar, dijo la chica de las gafas oscuras,
pero en su voz no había ninguna esperanza. Empezaron por llamar a la puerta de la otra
vivienda del rellano, pero nadie respondió. En el piso de encima, las dos puertas estaban
abiertas. Las viviendas habían sido saqueadas, los roperos estaban vacíos, en los sitios de
guardar comida no quedaba sombra de ella. Había señales de haber pasado gente por allí
hacía poco tiempo, algún grupo errante, como lo eran todos ahora, siempre de casa en casa,
de ausencia en ausencia.
Bajaron al primero, la mujer del médico llamó con los nudillos en la puerta más
cercana, hubo un silencio expectante, después, una voz ronca preguntó, desconfiada, Quién
anda por ahí, la chica de las gafas oscuras se adelantó, Soy yo, la vecina del segundo, estoy
buscando a mis padres, sabe dónde están, qué ha sido de ellos. Se oyeron pasos arrastrados,
la puerta se abrió y apareció una vieja flaquísima, sólo la piel sobre los huesos, escuálida,
con el pelo largo, blanco y desgreñado. Una mezcla nauseabunda de olores ácidos y de una
indefinible podredumbre hizo retroceder a las dos mujeres. La vieja abría mucho los ojos,
los tenía casi blancos, No sé nada de tus padres, vinieron a buscarlos al día siguiente de
llevarte a ti, entonces yo aún veía, Hay alguien más en la casa, De vez en cuando oigo
subir y bajar la escalera, pero es gente de fuera, de esos que sólo vienen a dormir, Y mis
padres, Ya te he dicho que no sé nada de ellos, Y su marido, y su hijo, y su nuera, También
se los llevaron, Y a