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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
su casa y sufría, no dijo Consuélame, pero fue como si lo hubiera pensado, lo que no se
sabe es qué sentimiento habrá llevado a la chica de las gafas oscuras a poner un brazo
sobre el hombro del viejo de la venda negra, pero el caso es que lo hizo, y así
permanecieron, ella durmiendo, él no. El perro fue a tumbarse junto a la puerta, guardando
el paso, es un animal áspero e intratable cuando no tiene que enjugar lágrimas.
Se vistieron y se calzaron, lo que aún no encontraron es manera de lavarse, pero se
nota ya una gran diferencia con los otros ciegos, los colores de las ropas, pese a la relativa
escasez de la oferta, porque, como se suele decir, la fruta está ya muy sobada, combinan
bien entre sí, es la ventaja de llevar con nosotros a alguien que nos aconseja, Ponte tú esto,
que va mejor con esos pantalones, las rayas no casan con los lunares, detalles así, a los
hombres, probablemente, les daba igual tambor que pandereta, pero la chica de las gafas
oscuras y la mujer del primer ciego hicieron cuestión de saber qué colores y qué corte
tenían las ropas que llevaban, de este modo, y con ayuda de la imaginación, podrán verse a
sí mismas. En cuanto al calzado, todos se mostraron de acuerdo en que había que cuidar
más la comodidad que la belleza, nada de cordones y tacones altos, nada de antes y
charoles, en el estado en que las calles están sería un disparate, lo mejor son unas buenas
botas altas de goma, totalmente impermeables, la caña hasta media pierna, fáciles de poner
y de quitar, nada mejor para andar por los barrizales. Desgraciadamente no encontraron
botas de este tipo para todos, al niño estrábico, por ejemplo, no había número que le
sirviera, le quedaban los pies nadando por dentro, por eso tuvo que contentarse con unas
botas deportivas sin finalidad definida, Qué coincidencia, diría su madre, allá donde esté, a
alguien que viniera a contarle lo ocurrido, es exactamente lo que habría elegido mi hijo si
pudiera ver. El viejo de la venda negra, que tiene unos pies que tiran más bien a grandes,
resolvió el problema poniéndose unos zapatos de baloncesto, de los especiales para
jugadores de dos metros y extremidades en proporción. Verdad es que va un poco ridículo,
parece que lleva unas pantuflas blancas, pero estos ridículos son de los que duran poco, en
menos de diez minutos ya estarán sucísimos los zapatos, es como todo en la vida, dar
tiempo al tiempo, que todo lo arregla.
Dejó de llover, ya no hay ciegos con la boca abierta. Andan por ahí, sin saber qué
hacer, vagan por las calles, pero nunca mucho tiempo, andar o estar parado viene a ser lo
mismo para ellos, salvo encontrar comida no tienen otros objetivos, la música se ha aca-
bado, nunca hubo tanto silencio en el mundo, teatros y cines sirven a quien se ha quedado
sin casa o ha dejado de buscarla, algunas salas de espectáculos, las mayores, se usaron para
las cuarentenas cuando el Gobierno, o lo que de él sucesivamente fue quedando, aún creía
que el mal blanco podía ser atajado con trucos e instrumentos que de tan poco sirvieron en
el pasado contra la fiebre amarilla y otros pestíferos contagios, pero eso se ha acabado,
aquí ni siquiera ha sido necesario un incendio. En cuanto a los museos, es un auténtico
dolor del alma, algo que rompe el corazón, toda aquella gente, gente digo bien, todas
aquellas pinturas, aquellas esculturas no tienen delante ni una persona a quien mirar. No se
sabe qué esperan ahora los ciegos de la ciudad, esperarían su curación si todavía creyeran
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