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Ensayo Sobre La Ceguera
José Saramago
parecía asombroso, un suelo limpio. Poco a poco comenzó a volver en sí, sentía un dolor
sordo en el estómago, no es que sea una novedad, pero en este momento era como si no
existiese en su cuerpo ningún otro órgano vivo, allá estarían, pero no daban señales de
vida, el corazón, sí, el corazón resonaba como un tambor inmenso, siempre trabajando a
ciegas en la oscuridad, desde la primera de todas las tinieblas, el vientre donde lo
formaron, hasta la última, cuándo llegará ésa. Llevaba en la mano unas bolsas de plástico,
no las había soltado, ahora tendrá que llenarlas, tranquilamente, un almacén no es lugar de
fantasmas y dragones, aquí no hay más que oscuridad, y la oscuridad no muerde ni ofende,
en cuanto a la escalera, ya la encontraré, seguro, aunque tenga que dar la vuelta entera a
este agujero. Decidida, iba a levantarse, pero recordó que ahora estaba tan ciega como los
ciegos, mejor sería hacer como ellos, avanzar a gatas hasta encontrar algo al frente,
estanterías abarrotadas de comida, lo que fuese, con tal de que se pueda comer como está,
sin preparaciones de cocina, que no está el tiempo para fantasías.
Volvió el miedo, subrepticio, pero ella avanzó algunos metros, tal vez estuviera
equivocada, quizá allí mismo, ante ella, invisible, un dragón la esperase con la boca
abierta. O un fantasma con la mano tendida, para llevarla al mundo terrible de los muertos
que nunca acaban de morir, porque siempre viene alguien a resucitarlos. Luego,
prosaicamente, con una infinita, resignada tristeza, pensó que el sitio donde estaba no era
un depósito de comida sino un garaje, incluso le pareció sentir el olor a gasolina, hasta este
punto puede engañarse el espíritu cuando se rinde a los monstruos que él mismo ha creado.
Entonces, su mano tocó algo, no los dedos viscosos del fantasma, no la lengua ardiente y
las fauces del dragón, lo que ella sintió fue el contacto con un metal frío, una superficie
vertical, lisa, adivinó, sin saber que era ése el nombre, el montante de una estantería
metálica. Calculó que debía de haber otras iguales a ésta, paralelas, como era normal, se
trataba ahora de saber dónde estaban los productos alimenticios, no aquí, que este olor no
engaña, detergentes. Sin pensar más en las dificultades que iba a tener para encontrar la
escalera, empezó a recorrer las estanterías, palpando, oliendo, agitando. Había envases de
cartón, botellas de vidrio y de plástico, frascos pequeños, medianos y grandes, latas que
debían de ser de conservas, recipientes varios, tubos, bolsas, frasquitos. Llenó al azar una
de las bolsas. Será todo de comer, se preguntaba inquieta. Pasó a otras estanterías, y en la
segunda de ellas ocurrió lo inesperado, la mano ciega, que no podía ver por donde iba, tocó
e hizo caer unas cajitas. El ruido que hicieron al chocar contra el suelo casi le paraliza el
corazón a la mujer del médico, Son fósforos, pensó. Temblorosa de excitación, se inclinó,
paseó las manos por el suelo, encontró lo que buscaba, éste es un olor que no se confunde
con ningún otro, y el ruido de los palitos al agitar la caja, el deslizamiento de la tapa, la
aspereza de la lija exterior, el raspar la cabeza del palito, al fin la deflagración de una
pequeña llama, el espacio alrededor, una difusa esfera luminosa como un astro a través de
la niebla, Dios mío, la luz existe, y yo tengo ojos para verla, alabada sea la luz. A partir de
ahora, la cosecha sería fácil. Empezó por las cajas de fósforos, y llenó casi una bolsa. No
es necesario llevarlas todas, le decía la voz del buen sentido, pero ella no hizo caso del
buen sentido, después las trémulas llamas de los fósforos fueron mostrando las estanterías,
aquí, allá, en poco tiempo llenó las bolsas, la primera la vacío porque no había metido nada
útil, las otras ya llevaban riqueza suficiente para comprar la ciudad, no es de extrañar la
diferencia de valores, basta que recordemos que un día hubo un rey que quiso cambiar su
reino por un caballo, qué no daría él si estuviese muriéndose de hambre y le mostraran
estas bolsas de plástico. La escalera está allí, el camino es todo recto. Antes, sin embargo,
la mujer del médico se sienta en el suelo, abre un envase de chorizo, otro de lonchas de pan
negro, una botella de agua y, sin remordimientos, come. Si no comiese ahora no tendría
fuerzas para llevar la carga adonde hace falta, ella es la abastecedora. Cuando acabó, enfiló
en los brazos las asas de las bolsas, tres en cada lado, y con las manos alzadas delante fue
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