La puesta en escena tradicional, sencilla y elemental, sólo requiere dos titiriteros: el artista que escondido en
el teatrillo da vida a los muñecos con sus manos y algún otro recurso o accesorio, y el pregonero o narrador;
este último, denominado «the bottler» era el que, en su origen, convocaba al público al son de la trompetilla y
el tambor, cobraba las entradas e iba explicando el atropellado y medio incomprensible discurso de Punch
(deformado por la lengüeta).
El argumento, en las farsas que protagoniza Punch, suele representar las aventuras y desventuras de un
personaje simple, pobre y atrevido que, sin atender a códigos de honor, lucha contra poderosos y
explotadores, convirtiéndose así en héroe de un público popular en general e infantil en particular. Entre sus
grandes hazañas –que solo a un títere se le permitirían como tales– están ahorcar a un policía, montar en
cocodrilo o aporrear a todo el mundo (en especial a su esposa) y matar al bebe. Violento a la par que
simpático y elemental, artífice de los asesinatos más grotescos y esperpénticos que se puedan imaginar, su
representación ha sido prohibida en varias etapas de la historia inglesa.
El show de Punch y Judy en la playa 1955, Weymouth.
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