El Uru Revista Nº 44 | Page 28

Adiós amigo Al “Pedregullo”, muchacho vago hasta don- de la vagancia cansa, lo encontraban a toda hora parado frente al boliche o en la esquina. Las manos en los bolsillos; de a ratos saca- ba un pedazo de pan, le pegaba un mordis- cón y lo volvía a guardar. Por la gorra vieja y agujereada se le escapaba algún mechón de pelo gris. Lentes gruesos, tipo “culo de bo- tella” porque el pobre era medio “cegatón”. Tal su estampa sin mucho más que agregar; salvo el detalle de las alpargatas: una marrón y otra negra; aunque esto tampoco se notaba demasiado debido al tiempo y la tierra que portaban. Sin oficio y como ya hemos visto desposeí- do de voluntad para el trabajo, eso sí por lo pronto vicios mayores no tenía. En cualquier caso algo de caridad es bienvenida pero su vida rondaba alrededor de la pensión de su centenaria madre. Como él; su amigo, habitante de la misma realidad callejera: el “Negro Rastrillo”. Tam- bién un personaje con sello propio. No hay que confundir lo del apodo con aquello de “que donde pasa se lleva todo”. Muy por el contrario: honrado y servicial; solo se refería a su habilidad para ganarse el sustento. Se las rebuscaba diariamente haciendo manda- ditos cortos y algunas changuitas livianas. Dispuesto y a la orden en todo momento; lo que le daban le servía. Vale mencionar un dato para destacar en su persona: sabía leer y nada extraño resultaba ver saliendo del bolsillo de su saco un perió- dico o revista doblado en dos. Además de la popularidad, estos cristia- nos, otra cosa en común se sabe que tenían y cuando se encontraban sobre ese asunto proseaban largamente. Conocían historia y Pag 28 pormenores de cuánto velorio y entierro hu- biera en el pueblo. Venía el Rastrillo del lado del centro, había ido al correo a despacharle una carta a doña Elvinda, la viuda de Mosqueira. En la puerta del almacén de Fermín estaba el Pedregullo sentado arriba de unos cajones de cerveza tirando piedritas como queriendo embocar en una botella vacía. Sin mucha sorpresa lo miró y le preguntó. -¿Por qué anda tan apurado hermano? - Y… calcule en esta vida todos somos pa- sajeros; subimos en una esquina y bajamos en la otra. -¡Pero mismo! Mire usted el pobre Mariño nomás, nadie hubiera pensado que se iba a ir tan pronto. Nos quedamos sin peluqueros. - Sabe que me llamó la atención encontrar mucha gente desconocida en el velorio. - Él tenía parientes por el lado de la frontera. -De eso me enteré y me di cuenta por la forma de hablar de alguno de ellos. -Pocos autos a la hora de salir; por suerte pude subir en la cachila de Caetano. -Le aseguro que hubo regular cantidad; cla- ro que algo diferente fue el mes pasado lo de la finadita Dolores, la madre de los Aréchaga. -Yo conté como ochenta esa vez. -A mí me tocó ir entre los del medio y no tuve oportunidad como para contar. veces repetidas: “descanse en paz”. Una tarde medio lluviosa se vio a la ca- rroza fúnebre que todos conocían camino al cementerio. Algo distinto sucedía porque no era lo que se acostumbraba ver: cortejo con coches acompañando, gente de negro, coronas. No, no nada más que aquel vehí- culo que llevaba un cajón de tablas viejas. Encima un atadito de flores casi marchitas; seguramente cortadas del cerco de alguna casa del pueblo por las manos de la anciana Robustiana. Allí estaba mirando con ojos nublados un negro triste, encorvado. De sus labios apre- tados cerrando la boca sin dientes dejó volar un “adiós amigo”. Era el Negro Rastrillo; en ese magro ataúd se iba para siempre el Pedregullo. Paulino Pereira Tantos vecinos marcharon un día de este mundo, los más importantes, los menos, los más humildes. Ellos acompañaron los mo- mentos de cada partida; en silencio, una flor en la mano y hasta una lágrima casi anóni- ma. El mismo camino, el mismo andar de ida y de regreso; y en sus oídos casi impercepti- bles lo que quedaba de dos palabras, tantas Pag 29