Adiós amigo
Al “Pedregullo”, muchacho vago hasta don-
de la vagancia cansa, lo encontraban a toda
hora parado frente al boliche o en la esquina.
Las manos en los bolsillos; de a ratos saca-
ba un pedazo de pan, le pegaba un mordis-
cón y lo volvía a guardar. Por la gorra vieja y
agujereada se le escapaba algún mechón de
pelo gris. Lentes gruesos, tipo “culo de bo-
tella” porque el pobre era medio “cegatón”.
Tal su estampa sin mucho más que agregar;
salvo el detalle de las alpargatas: una marrón
y otra negra; aunque esto tampoco se notaba
demasiado debido al tiempo y la tierra que
portaban.
Sin oficio y como ya hemos visto desposeí-
do de voluntad para el trabajo, eso sí por lo
pronto vicios mayores no tenía. En cualquier
caso algo de caridad es bienvenida pero su
vida rondaba alrededor de la pensión de su
centenaria madre.
Como él; su amigo, habitante de la misma
realidad callejera: el “Negro Rastrillo”. Tam-
bién un personaje con sello propio. No hay
que confundir lo del apodo con aquello de
“que donde pasa se lleva todo”. Muy por el
contrario: honrado y servicial; solo se refería
a su habilidad para ganarse el sustento. Se
las rebuscaba diariamente haciendo manda-
ditos cortos y algunas changuitas livianas.
Dispuesto y a la orden en todo momento; lo
que le daban le servía.
Vale mencionar un dato para destacar en su
persona: sabía leer y nada extraño resultaba
ver saliendo del bolsillo de su saco un perió-
dico o revista doblado en dos.
Además de la popularidad, estos cristia-
nos, otra cosa en común se sabe que tenían
y cuando se encontraban sobre ese asunto
proseaban largamente. Conocían historia y
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pormenores de cuánto velorio y entierro hu-
biera en el pueblo.
Venía el Rastrillo del lado del centro, había
ido al correo a despacharle una carta a doña
Elvinda, la viuda de Mosqueira. En la puerta
del almacén de Fermín estaba el Pedregullo
sentado arriba de unos cajones de cerveza
tirando piedritas como queriendo embocar en
una botella vacía.
Sin mucha sorpresa lo miró y le preguntó.
-¿Por qué anda tan apurado hermano?
- Y… calcule en esta vida todos somos pa-
sajeros; subimos en una esquina y bajamos
en la otra.
-¡Pero mismo! Mire usted el pobre Mariño
nomás, nadie hubiera pensado que se iba a
ir tan pronto. Nos quedamos sin peluqueros.
- Sabe que me llamó la atención encontrar
mucha gente desconocida en el velorio.
- Él tenía parientes por el lado de la frontera.
-De eso me enteré y me di cuenta por la
forma de hablar de alguno de ellos.
-Pocos autos a la hora de salir; por suerte
pude subir en la cachila de Caetano.
-Le aseguro que hubo regular cantidad; cla-
ro que algo diferente fue el mes pasado lo de
la finadita Dolores, la madre de los Aréchaga.
-Yo conté como ochenta esa vez.
-A mí me tocó ir entre los del medio y no
tuve oportunidad como para contar.
veces repetidas: “descanse en paz”.
Una tarde medio lluviosa se vio a la ca-
rroza fúnebre que todos conocían camino
al cementerio. Algo distinto sucedía porque
no era lo que se acostumbraba ver: cortejo
con coches acompañando, gente de negro,
coronas. No, no nada más que aquel vehí-
culo que llevaba un cajón de tablas viejas.
Encima un atadito de flores casi marchitas;
seguramente cortadas del cerco de alguna
casa del pueblo por las manos de la anciana
Robustiana.
Allí estaba mirando con ojos nublados un
negro triste, encorvado. De sus labios apre-
tados cerrando la boca sin dientes dejó volar
un “adiós amigo”.
Era el Negro Rastrillo; en ese magro ataúd
se iba para siempre el Pedregullo.
Paulino Pereira
Tantos vecinos marcharon un día de este
mundo, los más importantes, los menos, los
más humildes. Ellos acompañaron los mo-
mentos de cada partida; en silencio, una flor
en la mano y hasta una lágrima casi anóni-
ma. El mismo camino, el mismo andar de ida
y de regreso; y en sus oídos casi impercepti-
bles lo que quedaba de dos palabras, tantas
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