reaccionar.
—Hummm… sin comentarios —dijo Michael.
En esa ocasión, Sarah soltó un gruñido en condiciones.
—Recuérdame otra vez por qué soy amiga tuy a.
Michael prosiguió sin pausa:
—Escuchad, odio tener que decirlo, pero solo tenemos una oportunidad.
Bry son y Sarah lo miraron perplejos, aunque él sabía muy bien que estaban
pensando lo mismo. Cometer abiertamente un acto delictivo siempre era el
último recurso.
Con una sonrisa maliciosa, añadió:
—Habrá que entrar por un atajo.
2
Michael siempre había pensado que hackear un entorno simulado dentro de la
Red Virtual sería muy parecido a colarse en un edificio en el Despertar. Eran
necesarias planificación e inteligencia. Y, como en el mundo real, si dabas un
paso en falso, podías acabar con los huesos en la cárcel, en caso de que la SRV te
echara el guante.
—Poned cara de no ser sospechosos —les indicó—. Y seguidme.
—Tío, ¿por qué has dicho eso? —se quejó Bry son—. Ahora voy a parecer
más culpable que nunca.
Tomaron un camino alternativo para llegar a la parte trasera del club. Se
alejaron varios bloques de su destino con la esperanza de que, si alguien estaba
mirándolos, no intuy era lo que planeaban. A medida que avanzaban, iban
quedándose más callados, y Michael intentó iniciar una nueva conversación; el
objetivo era parecer un grupo normal de amigos que habían salido a dar una
vuelta.
—Sin ánimo de ofender, pero estoy un poco harto de oírte hablar de cómo
cocina tu niñera —repuso Bry son al final cuando doblaron la última esquina; el
club se encontraba a unos treinta metros—. Sobre todo, porque no la conozco y,
seguramente, no voy a conocerla nunca.
Sarah se había situado en cabeza de la marcha, y Michael deseó que fuera
una señal de que se sentía segura de lo que estaban a punto de hacer.
—No estaría mal vernos fuera de aquí, en casa de Michael —sugirió Sarah—.
Entonces Helga podría prepararnos una de esas cosas de las que tanto fardas.
—¿Está buena Helga? —preguntó Bry son.
Michael se estremeció solo de pensarlo.
—Como mínimo tiene sesenta años. A lo mejor hasta setenta.
—¿Y? No has respondido a mi pregunta.
Sarah se detuvo y Michael estuvo a punto de arrollarla. Se encontraban a solo