Despertar. Michael no conocía a nadie que lo hubiera visto. Dos horas antes había
estado comiendo patatas fritas azules robadas en el Dan the Man Deli con sus
mejores amigos. Lo único que deseaba en ese momento era volver a estar allí,
comiéndose un bocadillo de pavo con pan de centeno, soportando los chistes de
Bry son sobre ropa interior de viejas y escuchando a Sarah meterse con él por el
espantoso corte de pelo que se había hecho durante el Sueño.
—Si Kaine va a por ti —dijo Tany a—, dile que al final he ganado y o. Dile lo
valiente que he sido. Puede tener a la gente atrapada aquí y robar todos los
cuerpos que quiera. Pero el mío y a no.
Michael y a estaba harto de tanta cháchara. No podía digerir ni una sola
palabra más pronunciada por la boca ensangrentada de esa chica. A may or
velocidad de lo que había hecho jamás en un juego, en la piel de cualquier
personaje, saltó hacia el poste del que ella estaba agarrada.
Tany a lanzó un grito y quedó paralizada por un instante ante la repentina
actuación del chico, pero se soltó y tomó impulso para saltar del puente. Michael
se agarró a la barandilla por la izquierda con una mano y alargó la otra con tal de
atrapar a la chica, aunque no logró su objetivo ni por un lado ni por el otro.
Aterrizó con los pies sobre una base sólida y luego resbaló. Pese a que empezó a
aletear, no notaba más que aire, y cay ó al vacío casi al mismo tiempo que la
chica.
Se le escapó un chillido asombroso, un sonido que lo habría avergonzado si no
fuera porque su única compañía estaba a punto de perder la vida. Con el núcleo
descodificado, su muerte sería real.
Michael y ella se precipitaron en dirección a las turbulentas aguas grises de la
bahía. El viento hizo jirones la ropa de ambos, y el chico sintió que el corazón le
subía por el pecho hasta llegarle a la garganta. Volvió a gritar. Hasta cierto punto,
sabía que iba a impactar contra el agua, que sentiría dolor; luego se elevaría y
despertaría en casa, sano y salvo, en el interior de su ataúd. Pero el poder de la
Red Virtual se basaba en la simulación de la realidad y, en ese instante, la
realidad era terrorífica.
Las auras de Michael y de Tany a se encontraron en ese largo descenso,
pecho contra pecho, como un tándem de paracaidistas en caída libre. A medida
que la agitada superficie se les acercaba a toda velocidad, se abrazaron y se
pegaron más el uno al otro. Michael sintió ganas de volver a gritar, pero apretó
con fuerza la mandíbula cuando vio la expresión de serenidad en el rostro de
Tany a.
Ella clavó los ojos en el chico, lo buscaba y lo encontró, y a él se le rompió
algo en el interior.
Su impacto contra el agua fue tan duro como había imaginado. Duro como el
cemento. Duro como la muerte.