EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 238

explicó Edvin—. Ha venido de Malmö para buscar al maldito criminal que tanto daño le hizo a la muchacha. Era la primera vez que Daniel oía a Edvin pronunciar aquella palabra tan importante para Padre. « Maldito» . Daniel se dio cuenta de que estaba enfadado. —Fui y o —declaró Daniel. Edvin quedó petrificado. —¿Qué has dicho? —Que fui y o. —Quien hizo ¿qué? —Las preguntas con que Edvin respondía desconcertaron a Daniel, que se arrepintió de haber hablado—. Me alegro de que empieces a hablar otra vez, pero no comprendo lo que dices. —Pronto volveré a casa. Edvin meneó la cabeza. —Estás enfermo —le recordó—. Y no te pondrás bien mientras sigas durmiendo aquí, en el cobertizo. Estás delirando. Pero tengo que ir en busca del hombre que quiere hablar contigo. El hombre que entró en el cobertizo era joven, solo tenía unos mechones de pelo en la cabeza y se movía con rapidez, como si anduviese con mucha prisa. Edvin le ofreció un taburete. El joven miraba a Daniel con curiosidad. —He leído sobre ti en los periódicos —le dijo—. Sobre el viaje que la niña y tú hicisteis por el Estrecho. Y sobre cómo conocisteis al rey, pero me esperaba que tuvieses más edad. Y tampoco pensé que te conocería en estas circunstancias. —Corrió el taburete para estar más cerca de Daniel y se inclinó hacia delante—. Ya sabes lo que ha pasado, alguien ha matado a Sanna de la forma más brutal. Hemos de atrapar al hombre que lo hizo. Lo más probable es que lo decapiten en Malmö, en el patio de la cárcel. Pero el hombre que ha sido capaz de perpetrar semejante crimen, puede volver a hacerlo. Por eso tenemos que atraparlo. ¿Comprendes lo que te digo? Daniel lo miraba impasible. —Sí lo comprende —respondió Edvin, que se mantenía algo apartado—. Pero está enfermo y no habla mucho. —He de hacerte unas preguntas —prosiguió el hombre—. ¿Tú viste a Sanna después de vuestro regreso? A Daniel no le gustaba aquel hombre. Olía a loción para el afeitado y a tabaco y él sabía que jamás comprendería lo sucedido. Estaba allí para llevárselo y cortarle la cabeza después. Y él no tenía tiempo para nada de eso. Kiko y Be no tardarían en llegar. Todas las mañanas, al despertar, sentía que pronto llegaría el momento. Y decidió que la mejor forma de que el hombre lo dejase en paz era responder a sus preguntas. —No.