EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | 页面 230
y ella había compartido con él su calidez. Pero había fingido, no se había
comportado con él como quien era de verdad. Se había conducido como el
hombre que la arrastró del pelo.
Estuvo allí tumbado hasta bien entrada la noche, intentando entender por qué
Sanna actuó como lo hizo. Alma le llevaba comida que él ni tocaba.
—No quiero que te amarren —le dijo—. Ni que te lleven con los
desquiciados. ¿No podrías dejar de ir a la iglesia esta noche?
Daniel no respondió. Pero cuando llegó Edvin, Alma le dijo que Daniel se lo
había prometido, que no iría a la iglesia aquella noche.
—Claro que podemos mandarle al mozo que duerma aquí esta noche para
vigilarlo. Incluso puedo hacerlo y o mismo.
—No es necesario. No irá.
Edvin meneó la cabeza.
—El mozo dice que Arnman ha mandado a algunos de sus trabajadores a
vigilar la iglesia.
—Ese hombre es horrible. Seguro que les ha ordenado que se empleen con él
si se acerca.
—Si entendiéramos cómo piensa, al menos. Él ve algo que a los demás nos
pasa inadvertido. Se ve rodeado de todas esas personas otra vez. Están aquí, lo
siento.
—A ti nadie quiere mandarte al manicomio —dijo Alma—. Pero tú sí quieres
mandarlo a él, ¿no?
—Yo solo intento comprenderlo. Eso es todo. Es como si quisiera contarnos
una historia. A veces tengo la sensación de que todo este lodo está convirtiéndose
en arena. Y de que hace calor. Pero luego todo se esfuma.
Daniel los escuchaba. A aquellas alturas, comprendía prácticamente todo lo
que decían, pero su antigua lengua materna dominaba su conciencia.
Alma le puso la mano en la frente.
—Está ardiendo —constató—. No comprendo que el doctor Madsen no pueda
hacer nada. No creo que la nostalgia le cause fiebre, ¿no?
—Es la tos —dijo Edvin—. Lo sabes tan bien como y o. Y contra la tos no se
puede hacer nada.
—Yo no quiero que muera —dijo Alma—. Lo que quiero es que el hombre
llamado Bengler venga a buscarlo y lo lleve a casa.
Dejaron solo a Daniel. Las vacas se movían nerviosas en sus establos. Una
rata roía algo en un rincón. Una de las gallinas saltó aleteando. Daniel seguía
pensando en Sanna. Finalmente, le pareció que solo había una posibilidad. Una
única explicación de por qué lo había traicionado. Sanna era, sin duda, un espíritu
maligno. Aunque ignoraba quién la habría enviado para que lo destruy ese.