EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 225
la misma imagen que la que había en casa de Alma. Sanna hizo una profunda
reverencia. Daniel tomó la fotografía, pero se le cay ó al suelo. Se agachó a
recogerla con el temor de que alguien le golpease la cabeza.
—En verdad, un amanecer extraordinario —repitió el rey, antes de
abandonar la sala.
Les permitieron conservar la ropa, las viejas estaban mojadas y las habían
guardado en un saco. El barco con el cadáver de Hans Höjer y a había
desaparecido. Daniel se dio cuenta de que siempre había dos marineros a su lado,
por si se le ocurría tirarse por la borda otra vez. Pero él y a se había rendido.
Bajaron una escala y los llevaron a tierra. El viento soplaba más fuerte en el
Estrecho. Llegaron a una ciudad llamada Malmö. Sanna apretaba convulsamente
la fotografía del rey entre sus manos. Daniel iba haciendo lo que le decían. Llegó
un carruaje y le dieron instrucciones al cochero de adónde tenían que llevarlos.
Cuando se acomodaron dentro, Sanna se inclinó y le susurró al oído:
—Ahora que tengo una fotografía del rey, no se atreverá a pegarme —dijo
—. Ni me tirará al suelo para metérmela otra vez.
Daniel no respondió. Sanna lo había decepcionado. Y no podría perdonárselo.
El carruaje se detuvo en el patio bien entrada la noche. Sanna fue indicando
el camino. Alma y Edvin salieron de la casa. Daniel no dijo nada. Simplemente,
entró en el cobertizo y se tumbó sobre un montón de paja. Fuera oía las
explicaciones de Sanna. La oía ir de episodio en episodio, como si lo que contaba
fuese una cuerda que arrojase a un lado y a otro. Cuando terminó, Daniel se
escondió en el centro del montón de paja. Oy ó entrar a Alma y a Edvin, entrevió
a Alma acuclillarse a su lado. La mujer le puso la mano en la frente.
—Vuelve a tener fiebre.
—¿Cómo entender a alguien a quien no eres capaz de comprender en
absoluto? —preguntó Edvin.
—Déjanos —le dijo Alma—. Yo me quedaré un rato.
Daniel fingía dormir, respirando hondo.
—¿Qué es lo que te llena de tanto desasosiego? —preguntó Alma—. ¿Qué
podemos hacer para que no mueras de nostalgia? ¿Cómo es posible que un niño
sienta tanto dolor?
Al día siguiente, Daniel seguía sin hablar. Los ataques de tos se agravaron. El
doctor Madsen fue a examinarlo varias veces, pero Daniel había dejado de
responder a cualquier pregunta. Estaba mudo. Después de la visita, Madsen
hablaba entre susurros con Alma y Edvin. Por la noche, Alma fue a ver a Daniel
y le preguntó si no podía volver a dormir en la cocina. Después de la muerte de
Vanja, no habían contratado a ninguna moza y tendría mejor cama. La tos
desaparecería si no se quedaba allí con los animales.
Daniel comprendió que hablaba en serio. La tos había empezado a rasgarlo