EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 220

Se sobresaltó, dejó el catalejo, volvió a mirar. —Tendremos que navegar hasta ellos. Si el rey se despierta, espero que comprenda que era preciso hacerlo. Roslund dio órdenes de aumentar ligeramente la velocidad. El timonel, vestido de blanco, recibió las coordenadas del nuevo rumbo. Roslund calculó que estaban a unos ochocientos metros. —Uno de ellos es negro —dijo Roslund—. ¿Será un carbonero? —Es un niño —respondió el marinero. Daniel vio acercarse la gran embarcación. Hasta entonces, había estado anclada e inmóvil. Le costaba fijar el lastre que había encontrado en el barco. Sanna no quería ay udarle. Estaba de espaldas, chapoteando en el agua con la mano y tarareando una cancioncilla, como si lo que sucedía detrás de ella no le incumbiese. Cuando por fin pudo dejar caer el cadáver en el agua, el gran barco y a estaba muy cerca. Pero el cadáver no se hundió, sino que se quedó flotando junto al bote. Alguien le gritó, un hombre con gorra de plato y botones dorados en la casaca. Daniel no le prestó atención. Intentaba obligar al cuerpo sin vida a hundirse en el agua. Pero era imposible. De la gran embarcación arriaron un bote salvavidas y varios marineros remaron afanosos hasta su bote. Sanna se había cubierto la cabeza con la sucia manta, pero seguía canturreando. Daniel oy ó que se trataba de un salmo. El hombre de la gorra de plato agarró la falca del bote. —¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Habéis matado a ese hombre? Los marineros empezaron a rescatar el cadáver mientras otro barco se detenía junto al bote, con dos marineros armados. El cadáver estaba y a casi fuera del agua. El rostro de Hans Höjer se había puesto amarillo y tenía un ojo medio abierto, como si hasta después de su muerte quisiera saber qué sucedía a su alrededor. —A este hombre lo han matado —declaró Roslund—. Desde luego, y o he visto muchas cosas en mi vida, pero esta es la primera vez que me encuentro con un maldito negro solo en medio del Estrecho. ¿Por qué se esconde la niña? Daniel pensó que debería decir algo, pero Sanna, que seguía canturreando bajo la manta, lo distraía de modo que no supo encontrar las palabras adecuadas. Al mismo tiempo, procedente de la gran embarcación, se oy ó un silbido que cortó el amanecer y espantó a unas gaviotas. —¡Maldita sea! —exclamó Roslund—. ¿Qué hará el rey levantado tan temprano? Se dio la vuelta e hizo el saludo militar. Junto a la borda se veía a un hombre de barba gris y, a su lado, dos sirvientes vestidos de blanco y negro. Uno sostenía