EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 215

lo esperaba impaciente. El mar se extendía a sus pies. —¿Es allí adónde vamos? —preguntó Sanna señalando al frente. Daniel se puso nervioso, porque no habían llegado al mar, sino a uno de esos lagos que tantas veces había visto durante sus viajes con Padre. Al otro lado del agua se extendía un brazo de tierra. Sin embargo, al seguir la orilla con los ojos comprobó que se perdía en una espesa bruma. Allí continuaba el mar. Entonces tuvo la certeza de que habían encontrado lo que buscaban. —¿Dónde está el barco? —preguntó Sanna, que no dejaba de mirar hacia atrás. —No lo sé —respondió Daniel—. Tenemos que buscarlo. Sanna lo miró fijamente y estalló en un ataque de ira. —¡Si no fueras tan condenadamente negro! Terminarán por encontrarnos. —No por la noche. Entonces me ven a mí menos que a ti. Sanna empezó a bajar la pendiente. Daniel fue tras ella. Sanna hizo lo mismo que el día anterior, dejó a Daniel a cubierto y regresó con comida. Se escondieron en un soto y aguardaron allí hasta que llegara la noche. Daniel se durmió. Cuando despertó, y a casi había anochecido. Sanna dormía a su lado, chupándose el pulgar como una niña pequeña. Daniel intentó recordar sus sueños por si contenían algún mensaje para él, pero en su cabeza reinaba el silencio. Se tanteó el bolsillo para comprobar que aún llevaba la astilla. Al cabo de un rato, despertó a Sanna con delicadeza. La niña se sobresaltó y se cubrió la cara con las manos, como temiendo que fuese a golpearla. —Debemos seguir —le dijo. Sanna tenía frío. —¿Y cómo vamos a encontrar un barco si casi es de noche? Daniel no lo sabía. Pero en algún lugar debía de haber un barco. Llegar al mar significaba llegar a los barcos. El viento había empezado a sacudir los mástiles que Daniel llevaba en su interior. Atravesaron un pueblo dormido. Un perro solitario soltó un ladrido, pero todo volvió a quedar en silencio enseguida. Daniel solo sabía que debían continuar hasta llegar al mar. Ahora era él quien encabezaba la marcha. Sanna lo seguía de cerca, agarrada a su abrigo. Siguieron una loma junto a la orilla del lago, oy endo todo el tiempo el rumor del agua en la oscuridad. El viento soplaba más fresco ahora que estaban tan cerca del mar. —¿Dónde está el barco? —insistió Sanna—. ¿Dónde está el barco? Daniel no respondió. Llegaron a unos peldaños de madera que conducían hasta el agua. Daniel