EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 207
dentro era demasiado pesada. Tampoco creía que encontrase el puerto dónde
aguardaban los barcos.
Se percató de que sus pensamientos eran tan pesados que apenas si los
soportaba. Aún era demasiado pequeño para llevar aquella carga sobre sus
hombros. Pero la carga no solo abatía sus hombros, la llevaba también en su
interior.
Una noche en que se encontraba en la colina, comprendió que nunca saldría
adelante sin ay uda. Las únicas que podían ay udarle eran Alma y Sanna. Quizá
también Edvin, solo que él tenía miedo de Hallén. Y apenas se atrevía a alzar la
vista al cielo. Su mirada permanecía anclada en la tierra. Temía todo lo
inesperado. Incluso el hecho de haber acogido a Daniel podía deberse al miedo
que le inspiraba no estar a bien con el doctor Madsen, por si este se negaba a
atenderlos a él o a Alma el día que se pusieran enfermos. Alma era distinta. Ella
no temía nada, salvo que Daniel sufriese algún daño sin necesidad, pero al mismo
tiempo no podía ignorar que era vieja. Le dolía la espalda y no le respondían bien
las piernas.
En definitiva, solo le quedaba Sanna. Y ella había desaparecido. Pese a que él
siempre le dejaba alguna señal en la colina, ella no respondía.
¿Y si estaba muerta? ¿Y si el hombre que la arrastró del pelo la había matado?
Sanna no se parecía a nadie. Podía haber hecho algo peligroso y haber recibido
la muerte como castigo. Tal vez Hallén la hubiese clavado a unos maderos a ella,
en lugar de a Daniel.
Pensó que tenía que averiguar si Sanna seguía con vida. Sin ella, podía
empezar a dejarse morir. Entonces desaparecería en las profundidades de
aquellos campos color ocre y lo buscarían en vano.
El ojo del antílope lloraría de dolor.
Aquella misma noche recorrió el largo camino hasta la iglesia. La gran
puerta de la entrada estaba cerrada, pero logró abrir una ventana de la sacristía y
colarse por ella hacia el interior. Encendió una vela, temblando de frío. Allí divisó
la sombra de Hallén, en la penumbra, exhalándole el aliento en la cara. Daniel
gruñó como un animal y la sombra se esfumó. Después, entró en la iglesia, pero
no halló ningún madero en el que hubiesen crucificado a Sanna. Por primera vez
se atrevió a subir al altar, se colocó de puntillas y acarició la rodilla desportillada
de la figura crucificada. Al pasar la mano por la talla, notó que había una astilla
suelta. La extrajo con cuidado y se la guardó en el bolsillo.
Apagó la vela y abandonó la iglesia.
Ya empezaba a clarear. Nubes de niebla sobrevolaban los campos.
Corrió cuanto pudo por el camino. Oy ó a lo lejos el canto de un gallo. Cuando
llegó a la casa de Alma y Edvin, todo seguía aún en calma. Se apartó del camino
y continuó por la linde del sembrado hasta llegar a la colina. Enseguida se