EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 205

la casa cuando lo vieron salir derecho al cobertizo. Se improvisó una cama bajo la escalera que conducía al henil, y allí se acomodó. Al cabo de un rato apareció Alma. Echó de allí a las curiosas mozas gritándoles de un modo que Daniel no le había oído hasta entonces. —No os quedéis ahí mirando como si lo vierais por primera vez —vociferó. Cuando las muchachas se marcharon, se acuclilló junto a Daniel. A Alma le dolía la espalda y se le resentían las rodillas. —No puedes quedarte aquí —le dijo—. O no se te quitará nunca esa tos. Daniel se tapó hasta la cabeza con la manta. No quería responder. Entonces, oy ó entrar a Edvin. —¿Por qué quiere quedarse aquí? —preguntó Edvin—. ¿Y cómo saberlo, cuando se niega a responder, cuando no tenemos ni idea de lo que piensa? Pero no está solo. Es como si estuviese rodeado de personas a las que no vemos. —Aquí no hay nadie más que tú y y o. Eso son figuraciones tuy as. —Pero ¿tú no lo notas? Está rodeado de una especie de neblina. —Se muere de añoranza —explicó Alma—. Bengler debe devolverlo al desierto. —Ese hombre no regresará jamás —auguró Edvin—. Ni siquiera sabemos si aún sigue vivo. Daniel apartó de pronto la manta de la cabeza. —Mira, al menos parece que aún oy e —constató Edvin—. Pero a mí no me pidas que lo lleve adentro. Lo único que conseguiré será que me clave los dientes en la garganta. —El mozo tendrá que trasladarse otra vez a la casa. Así el pequeño podrá ocupar su habitación. —Si ha venido a acostarse aquí, será aquí dónde desea estar. Daniel giró la cabeza y miró a Edvin a los ojos. —Es como mirar a un anciano —dijo Edvin—. Aunque solo tiene nueve o diez años. —Se muere de añoranza. —Pero ¿qué añora? ¿A sus padres muertos? ¿La arena que le quemaba los pies? —Añora su hogar. Sea cual sea, eso es lo que añora. El mozo volvió a la cocina, pero su habitación permaneció vacía. Daniel siguió durmiendo bajo la escalera del henil. Alma le llevaba comida y espantaba a gritos a las muchachas cuando se entrometían demasiado. Daniel continuaba pasándose los días dormido. Por las noches, cuando se quedaba solo con los animales, se levantaba y saltaba a la cuerda entre los establos. Edvin colgó en el cobertizo dos farolillos que él mismo encendía cada noche. A veces, cuando llovía, Daniel salía afuera y dejaba que las gotas de lluvia rebotasen sobre su rostro. Ya no tenía fiebre, pero la tos no desaparecía.