EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Seite 197

pantalones y en los zapatos. Después continuó su camino hacia el sur. Sabía que no tendría fuerzas para seguir caminando una noche más. Debía descansar y entrar en calor. De lo contrario moriría. Poco antes de que empezase a anochecer llegó a una granja con grandes cobertizos y una casa de ladrillo rojo que tenía una torre en el centro. Se escondió tras unos bloques de piedra que había en el campo y aguardó. De vez en cuando oía voces en la distancia y el ruido que hacía alguien al trajinar con cubos. Al caer la noche se acercó sigiloso a uno de los cobertizos. En la parte trasera vio la abertura para sacar el estiércol y por allí se coló. El cobertizo estaba lleno de vacas. Algunas se movieron inquietas mientras él avanzaba a tientas en la oscuridad. De repente sintió el aroma de la leche. En el fondo de uno de los cubos, aún sin limpiar, quedaba un resto de leche. La bebió con avidez. Siguió buscando, sin dejar de prestar atención por si oía voces, hasta que encontró otro. Pero allí solo estaban él y los animales. Volvió hasta la abertura del estiércol y se acurrucó en un montón de paja, junto a la vaca que se encontraba más cerca del agujero. El animal lo olisqueó. Daniel sintió su cálido aliento en el rostro. Se comió el pan y las patatas que le quedaban y se metió entre la paja. Se puso una mano perdida de estiércol, se la limpió contra la pared y se acurrucó para dormir. Poco a poco sintió que su cuerpo volvía a entrar en calor. Aquella noche no moriría de frío. Unos gritos lo despertaron. Había dormido tan profundamente que no oy ó el ruido de las criadas al trajinar con los cubos. Una joven escuálida y con el rostro picado de viruela lo había despertado con su grito y ahora lo miraba desde fuera del establo. Daniel se incorporó y la muchacha soltó el cubo y salió huy endo. Él se deslizó por el agujero y echó a correr tan rápido como pudo. Había dejado de nevar y hacía más frío. Resbaló y cay ó al suelo, pero se levantó y reemprendió la carrera. Temía oír a su espalda gritos y ladridos de perros. De pronto, el camino empezó a empinarse. Si lograba pasar la cima, estaría seguro. Cuando alcanzó la cima, se paró en seco. A lo lejos, en el horizonte, se extendía el mar. Cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos. No era un espejismo. Allí enfrente estaba el mar y, al darse la vuelta, comprobó que en los campos no había nadie, ni gente ni perros. Continuó avanzando hasta llegar a un camino más ancho. Ya veía elevarse al cielo el humo de las numerosas chimeneas. ¿Se dirigía a la misma ciudad a la que un día llegó con Padre? Prosiguió. En el camino vio dos carretas tiradas por caballos y se escondió en una cuneta. El cochero del primer carro dormía. Las riendas del segundo las llevaba una mujer. Daniel pensó de pronto que tal vez fuese Be, disfrazada, que quería aparecérsele e indicarle que iba por el buen camino. Se mantuvo escondido hasta que empezó a anochecer otra vez. Ya estaba tan cerca que pudo comprobar que no se trataba de la misma ciudad que visitaron