EL HIJO DEL VIENTO El Hijo del Viento - Henning Mankell | Page 118
próxima reunión tratará sobre el reparto gratuito de libros de salmos entre los
desgraciados de las casas de beneficencia. La cosa será más tranquila. Solo
hablarán de cómo decidir quién es lo bastante pobre para tener derecho a un libro
de salmos gratis.
En ese momento se abrió la puerta de la sala y entraron dos hombres que,
con paso decidido, se dirigieron en fila al podio.
—Barón… —musitó nervioso el hombre del sombrero—. Ahora nos echará
la bronca.
Padre se puso de pie de un salto, como si de repente se encontrase ante un
dios. El hombre que iba el primero tenía un largo bigote y fue golpeando con el
bastón y volcando las sillas que encontraba a su paso hasta llegar a la mesa.
Detrás de él iba el otro hombre, que vestía ropa sencilla, y Daniel se percató de
que tenía unas manos muy grandes. Algo lo hizo pensar en un elefante, aquel que
Kiko había matado con tres flechas en una ocasión en que llevaban cerca de un
mes sin carne.
—Creo que no nos han presentado como es debido —dijo el hombre del
bigote—. Barón Hake. Hacendado y patrocinador de la Asociación de
Trabajadores La Antorcha.
Padre dijo su nombre y se inclinó levemente.
—Le presento mis disculpas. El pequeño se excedió.
—En realidad, fue un espectáculo divertido —observó Hake—. Pero
inadecuado. Además, me pisó el hombro y y o sufro de reúma, así que empezó a
dolerme enseguida.
—Le reitero mis disculpas, señor.
El hombre señaló a Daniel con el bastón.
—Yo vi una vez a un negro en Berlín. Aunque era adulto y de otra clase.
Tenía los labios más anchos y unos tatuajes muy raros en la cara. Fue en una
casa de fieras. O tal vez fue en Hamburgo, en casa del señor Hagenbeck, y no en
Berlín. Me falla la memoria.
—Solo me cabe presentar disculpas.
Hake aporreó el suelo con el bastón.
—Todas esas disculpas —dijo irritado—. Llevo toda la vida oy endo disculpas.
No las soporto. Está claro que el niño tendría que haber estado amarrado. —Hake
seguía mirando a Daniel—. ¿Qué le ronda por la cabeza?
—Resulta difícil saberlo —respondió Padre.
—Lo más lógico es que esté preguntándose qué demonios hace aquí y por
qué lo exhiben así —dijo el hombre de las manos grandes que, hasta ese
momento, había guardado silencio.
Hake se volvió hacia él.
—Si quisiera, podría interpretar esa respuesta como una muestra de
insubordinación.