Edición especial 2013
Los puristas de la calidad literaria sostienen que si no se ha de jugar la vida en cada línea que se escribe, es mejor no escribir, otros defienden la idea de escribir por el simple gusto de escribir; son los llamados diletantes, o sea, aquellos que escriben sin que les importe el oficio en sí; oficio que, por lo demás, no lo da ninguna universidad del mundo y solo lo abala el trabajo arduo, tesonero, constante y hasta riesgoso que implica practicar un arte mayor, además de practicar el apasionante sacrificio de leer como un condenado. Para el caso de nuestros jóvenes, es preferible que sean diletantes a que estén eligiendo caminos falsos para el dinero fácil; por eso son plausibles los programas y talleres que una administración pueda emprender, los cuales, y por antonomasia, deben propender por la calidad, lo mismo si se trata de otras áreas artísticas.
Por aquello de“ mal de muchos consuelo de tontos”, a veces se usa la montonera para ocultar deficiencias literarias. La mejor opción, aunque la creación literaria no es asunto de competencias, es aprovechar la cantidad para mejorar la calidad. Ya veremos quién es la cereza que corone el pastel. Amanecerá y leeremos.
Rafael Aguirre Itagüí, junio 5 de 2013
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