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Dos Años de Vacaciones
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largo, de esos que sirven para remolcar. Briant
escogió uno de un grueso mediano, que le pareció
conveniente, y rodeó la extremidad a su cintura
después de desnudarse.
-¡Vamos, vosotros, exclamó Gordon, venid aquí
para que podamos soltar entre todos la maroma!
¡Venid a proa!
Doniphan, Wilcox, Cross y Webb no podían
rehusar su concurso para una operación cuya
importancia comprendían. Así es que se pusieron a
desliar el cable para soltarle poco a poco, a fin de no
amenguar las fuerzas de Briant.
En el momento en que éste iba a tirarse al mar,
se le acercó Santiago, exclamando:
-¡Hermano mío!...¡Hermano mío!...
-No tengas cuidado por mí, hermanito, no
tengas miedo, respondió Briant.
Y un instante después se le veía en la superficie
del agua, nadando con vigor mientras que el cable se
desenrollaba detrás de él.
Esta maniobra, difícil aun con un tiempo de
calma, lo era mucho más con la resaca, que pegaba
continuamente contra las rocas. Corrientes y
contracorrientes impedían al valeroso muchacho
mantenerse en línea recta, y cuando le cogían, le
costaba mucho trabajo librarse de ellas.
Sin embargo, Briant ganaba poco a poco
terreno, mientras que sus compañeros soltaban la
maroma a medida que la necesitaba; pero notábase
que, a pesar de no hallarse más que a una distancia
de cincuenta pies del yate, las fuerzas del pobre
muchacho principiaban a agotarse. Delante de él se
agitaba una especie de remolino producido por el
encuentro de dos olas contrarias. Si llegaba a
bordearle, era fácil que consiguiera su objeto, pues
más allá estaba el mar en calma; así es que procuró,
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