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TABERNA DEL SIGLO XVI Durante mi visita al Renacimiento, tuve la oportunidad de visitar una taberna y probar por mí misma platos típicos españoles de la época. Se podía decir que la taberna en la que entré presentaba un panorama un tanto desastroso; gente por aquí, gente por allá, gritos hasta comida por el suelo. El olor de aquel lugar tampoco invitaba a entrar, pero debía soportar todo eso con tal de salir de allí habiendo probada una parte de allí. Honestamente, aquel olor tan nauseabundo, me quitó el apetito, pero debía comer para recargar fuerzas y continuar la visita. El menú constaba de cuatro platos y una bebida 100% renacentistas, la verdad es que había algunos platos que, bueno, no tenían la mejor pinta, pero había llegado desde muy lejos, desde unos 5 siglos, realmente, para probarlo todo y obviamente, mi viaje no podía terminar si no había probado nada de comer. Para beber, pedí un zumo de uva, y estaba riquísimo, se notaba que era muy natural, no como los zumos que hacen ahora, que lo que menos llevan es zumo. Los entrantes eran algo llamado gazpacho de pastor y torreznos. A mi parecer, la gastronomía española era extraña y poco apetecible. El gazpacho estaba elaborado con carne, aceite, pimentón y pan. Al probarlo, me entraron unas náuseas horribles, su textura era muy rara y su sabor, definitivamente no era agradable. Después, la camarera del lugar me trajo algo a lo que llamó torreznos. Y, sorprendentemente, no sabía mal. De hecho, estaba bastante bueno y me ayudó a quitarme ese regusto asqueroso que me había dejado en la boca el gazpacho. Ya se habían acabado los entrantes y yo no podía más, me habían gustado tanto los torreznos que me había pasado comiéndolos. Pero hice un esfuerzo para poder comerme el segundo plato, aunque me lo dejé a medias para dejar algo de hueco para el postre. El salpicón constaba de carne cocida con jamón serrano, cebolla, aceite, vinagre, pimienta y sal. A simple vista parecía una macedonia de un montón de cosas mezcladas y puestas al tuntún. Al probarlo, me di cuenta de que no sabía tan mal como esperaba; no era lo mejor que había probado, pero se podía comer. Ya, finalmente, trajeron el postre, un mostillo. Algo también bastante extraño que llevaba zumo de uva, harina, almendras y canela. Tenía una consistencia más bien gelatinosa y un sabor que nunca antes había experimentado. Tampoco pude disfrutarlo mucho porque mi barriga estaba a punto de explotar. Me fui de allí más contenta de lo esperado y, lo más importante, habiendo probado alimentos renacentistas.