IV. Las Señoritas de Avignon
Picasso se inspiró en una escena de un prostíbulo de la calle de barcelona de Avinyó. En los bocetos de la obra, aparte de las cinco muchachas desnudas, existía un personaje que, con un cráneo en la mano, entraba por una puerta, que luego sería sustituido. Se dice que fue a manera de homenaje a su amigo Casagemas, que acababa de morir.
En la obra final sólo aparecen las cinco prostitutas que se ofrecen al espectador sobre un fondo de cortinajes con un bodegón a sus pies. Al eliminarse el hombre y su referencia a la muerte, el cuadro deja de ser narrativo (no cuenta una historia), siendo, tan sólo, una pura representación de los desnudos y su entorno, de las formas, que es lo que en esta época empieza a interesarle fundamentalmente a Picasso.
Las Señoritas supusieron una verdadera conmoción en los pequeños círculos artísticos que la conocieron, convirtiéndose en un verdadero símbolo del arte moderno.
Con ellas Picasso inició el camino del cubismo, reduciendo la realidad a formas geométricas, tal y como ya había empezado a hacer (a finales del XIX) Cezanne. Junto a él, Picasso bebió de otros artes considerados bárbaros (arte africano e íbero o incluso el egipcio) que buscaban la simplicidad de las formas, no su transposición de la realidad.
Obra muy criticada e incomprendida incluso entre los artistas, coleccionistas y críticos de arte más vanguardistas de la época, que no comprendieron el nuevo rumbo tomado por Picasso, quien, junto con Georges Braque, crearía y continuaría la nueva corriente cubista hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial.
Se expuso en la Galerie d’Antin (París) en 1916, tras lo cual Picasso la guardó en su estudio, hasta que a principios de los años 20 fue adquirida por Jacques Doucet y exhibida en 1925 en el Petit Palais. Poco tiempo después el cuadro fue comprado por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde es una de las piezas más preciadas de la colección.