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Anita Dio otra vuelta sobre sí misma, admirando la suavidad y caída de los flecos que acom- pañaban cada uno de sus movimientos. Era precioso, un regalo maravilloso con el que nunca habría soñado, la última moda, solo para mujeres ricas, venida de tierras lejanas. Otra vuelta con el mantón de manila bordado sobre los hombros, la seda reluciente en tono marfil y las flores de colores vivos, tanto que parecían de verdad, emergían de la tela con viveza; un paraíso desplegado, hecho de diminutas puntadas, al matiz, minuciosas, que captaban el terciopelo verde de las hojas, el rojo anaranjado de flores exóticas nunca vistas. Una obra de arte rematada con unos flecos de caída soberbia. Anita reía feliz delante del armario de es- pejo de su madre, el único de la casa, heren- cia de una bisabuela. La estancia oscura, abierta a la alcoba, rejuvenecía con la presencia de la muchacha. Anita tenía 15 años y estaba muy enamorada de alguien que la regalaba con generosidad. Su hermana Juana la miraba participando de su contento, sentada en la cama de los pa- dres, y esperaba su momento de probarse el mantón. No podía evitar sentirse un poco en- vidiosa, ella era la mayor, apenas dos años de diferencia, y diez centímetros de falda más, hasta hacía pocos meses; probablemente, se- guro, ella nunca tendría un regalo tan her- moso, traído desde tan lejos y escogido con tanto cuidado. Nada menos que desde las Fi- lipinas. Un lugar imaginario, del que nunca había oído hablar hasta entonces. Juana ten- dría que contentarse con tener leche fresca a diario, si es que, su eterno pretendiente, aquel lechero de Lavapiés, de manos enormes y sonrisa fácil, al fin y al cabo un hombre con posibles, se decidía de una vez. Lo de Anita había sido distinto, el año anterior aún era una niña de enaguas cortas, pero su historia era tan romántica como aquellas novelas de amores imposibles, hechas de desmayos y caballeros sin par, que leían en voz alta en la cocina, a secreto de su padre, que