del sonido sin nombre se recoloca en escritura punk-dadá desbrozando el futuro. El Café
Voltaire tuvo lugar en la meseta.
El sonido es-
capa de una vieja
caja. Un sonido
que, castellano en
su génesis, es
trashumante en su
marcha hacia ese
futuro de expecta-
tivas
diversas.
Mayte Santamaría
vindica
Castilla
para agostar su
alma de mártir,
quemando
sus
viejos sonidos en
rastrojos encendi-
dos. Y los sonidos,
más salvajes que
cualquier imagen,
vuelan hacia el
porvenir como las
pavesas
en
agosto, pasando
por las profundi-
“Pandora box” (reproduce los sonidos del tablero de juego) de Mayte Santamaría
dades de la amne-
sia.
Volátil
tecnosfera que se anuncia visionaria El futuro ya está aquí bajo la forma de olvido. Silencio.
Se escucha. Y se ríe la broma.
Luis González Santamaría