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de directora de escena. La artista burgalesa los ha puesto a trabajar de nuevo como quien, visitando la morgue, exige cánticos y bailes a aquellos que ya solo pensaban en la calidad del polvo que los define. Su trabajo resucita las cosas en sus sonidos, esos sonidos que ya no están a la mano ni trabajan en la oficina de la utilidad ni resultan familiares al tímpano. Mayte los viste con formas de ingenuidad naíf o con deconstrucciones punkis. Como es obvio, la reubicación artística de los objetos sonoros recolectados con amor de etnógrafo no puede ser ajena a la ironía, ironía tanto más necesaria cuando estamos en el límite temporal en que ya nadie (o casi nadie) recuerda. El sonido del batán anuncia un coro de zombis que desbordan el celemín de nuestra alma. Y a todos nos hace jugar en el tablero. En el borde de lo ininteligible. “Agostero de sonidos empolvados”, el trabajo de Mayte Santamaría que hemos podido ver en la muestra 9 de nueve arropada por la Fundación Villalar, desnuda de olvidos la huella sonora que habita en un sueño inconsciente. Trae los ecos de la mecanización del campo que sonaban a revolución de estío. Las fábricas, tomadas por los telares, aullaban y los hilos arcoíris tejían calcetines como poemas beatnik. Con la varita mágica de un micrófono Mayte apunta a la bruma de mi infancia y, estamos en la frontera, solo recoge el silencio de un fragmento de baldosa que la voz humana no consigue resucitar. Esa impotencia del re- cuerdo es uno de los ejes lúcidos de la pro- puesta de esta ar- tista. El dolor gozoso del recuerdo imposi- ble se combina con el renqueante continuo de una descarnadora, la mirada impasible de un molinillo de café en su faena o el sordo girar de una tri- lladora resucitada de entre los muertos. Una tela transónica atrapa, incauta, nuestra ignorancia tecnológica. La am- nesia sonora se rompe y nos apela. Con apariencia suave y tranquila, que esa imagen Tablero de juego “Agosteros de sonidos enpolvados” de Mayte Santamaría gusta de mostrar a la artista, se nos invita a un juego de tablero que enmascara de violencia de la resurrección sonora. Porque hay que hacer violencia al sonido para traducirlo en materia tridimensional. El sonido, como los ca- ballos apaches, no se dejan agarrar por las bridas de la plástica y esa imposibilidad es la que Mayte Santamaría intenta. Traiciona al oído y blasfema en el escenario desértico de la escucha para poder crear un show de acceso a la huella sonora. No es desdoro ni, menos, crítica. También las iglesias, para definir comunidades y ritos, violentan la mística experiencia del misterio. Es ley de la artes el fingimiento. Las puertas de la percepción del sonido son aquí visuales y a través de ellas miramos aterrorizados la pura presencia del sonido sin forma, irreconocible tiempo. Como vemos, el núcleo orbital del trabajo de Mayte Santamaría no es lo que se ve aunque se vea mucho. Es eso sombra, el azúcar que se añade al fármaco y nos lleva a decir que el antibiótico sabe a fresa. La vocación confesa de la artista es el so-