Felipa y el oso
Como todos los días, Felipa viajaba en el subterráneo. Todas las mañanas eran
siempre las mismas personas, todo era igual, pero había una en especial, que
era una pequeña niña llamada Lola que viajaba con su osito y con su madre
todas las mañanas.
Había una cosa que le llamaba la atención a Felipa, el oso. Ella había pasado
por muchas cosas paranormales en el hospital psiquiátrico, y a ese oso le
sentía algo extraño, como si una energía negativa cubriera todo el vagón
donde ellas estaban.
El oso era como cualquier oso común: marrón, gordito, peludo y con aspecto
tierno, pero si lo mirabas a los ojos fijamente, notabas el terror que había en él.
La niña que lo poseía era muy linda y simpática, y no mostraba como si
hubiera tenido problemas con el oso o cosas similares.
Al día siguiente, Felipa tomó la misma rutina, pero esta vez la madre y el oso
no aparecieron. Ella no le dio importancia, porque eso podía pasar.
Llegó el otro día, y tampoco aparecieron, el tercero menos… Ya no iban más.
Felipa se vio obligada a saber más de ellas porque sentía la energía negativa
de parte del oso, y no hizo más que averiguar sobre aquella familia.
Movió cielo y tierra para poder tener más información, y las pistas la llevaron
a un subterráneo viejo, lleno de basura y ratas. Estaba abandonado y se decía
que aquella mañana que no aparecieron se habían perdido. Las pistas la
llevaron a Felipa a esa estación de subte que era la más parecida a la que
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