La segunda dimensión corresponde a la preeminencia de la condición biomédica de la salud, esta realidad no es casual, el conocimiento biomédico tiene un fuerte componente de género que se relaciona con la hegemonía de la masculinidad y el saber científico asociado a la razón y superioridad intelectual y moral de los hombres, estas creencias están enraizadas en la cultura occidental judeo-cristiana. Tradicionalmente, los cimientos de la brecha de género se apoyan en la exclusión de saberes femeninos asociados a lo humanista-cualitativo por ser altamente“ subjetivos” emocionales, distantes de la razón lo que permite al orden establecido justificar la exclusión y subordinación de género. Reflexionar sobre las implicancias culturales de la ciencia biomédica, pone en tensión la formación clásica y todavía persistente en las escuelas y facultades formadoras de profesionales de la salud. La sugerencia es a sumar otros modelos de salud que incluyan el saber humanista y espiritual. Una propuesta de formación que integre lo biomédico y lo posicione a la par con los otros saberes de índole social y filosóficos. Una salud compleja para realidades complejas. Que requieren aceptar el componente de ciencia social inherente a las ciencias de la salud.
La tercera dimensión es pensar en la sociopolítica de las profesiones de la salud, ya que el orden establecido al interior del gremio de salud está fuertemente vinculado y definido por el sistema sexo-género, primero debemos destacar las diferencias de poder que detentan las profesiones de salud, cuyo reflejo en la sociedad es un desconocimiento de sus funciones y aportes. Sorprende que persista en las personas usuarias de los sistemas de salud, la casi exclusiva demanda de profesionales médicos para resolver todos sus problemas de salud. Esta situación da cuenta de la representación social de la salud que tienen las personas que está asociado al concepto biomédico. Junto con lo anterior, otra situación reflejo de la asimetría de género, se observa en la feminización de la medicina en relación al ingreso de mujeres, esto no va equiparado con una racionalidad simbólica de efectiva modernidad. Se produce un repliegue del poder en espacios restringidos a la masculinidad hegemónica de acceso limitado para las mujeres médicas.
Respecto a las otras profesiones de salud, la pertinencia del género es fácilmente observable. Así, el escalamiento de la masculinidad hegemónica en la reproducción del poder enclavado y determinado por los estereotipos culturales hacia los roles y estatus profesional sitúa en el polo más cercano al prestigio, poder y masculinidad al médico / facultativo y en los polos de menor ascendiente social y político a las otras profesiones, destacan en este polo, aquellas como enfermería y obstetricia asociadas a la feminidad tradicional donde la representación social de su quehacer es subordinado a la profesión médica, y su saber es invisibilizado cuando se piensa la salud y las políticas para afrontar los desafíos, por ejemplo, del cuidado. Entre ambos polos hay profesiones, como kinesiología, terapia ocupacional y otras, que ocupan lugares intermedios en la gradiente del saber-poder( 16) y en el posicionamiento en el sistema sexo-género.
A MODO DE PROPUESTAS
ORIGINALES: Formación en Salud y Género
Abordar la desigualdad de género en la formación profesional implicaría, por tanto, la reflexión personal como personas generizadas, las profesiones marcadas por la asimetría de género y las realidades socioculturales como escenarios generizados de la salud. Avanzar a la igualdad de género repercutiría en el mejor uso de los recursos profesionales, de los saberes, el desarrollo de competencias de colaboración y trabajo en equipo, mejoraría las culturas organizacionales y el clima laboral en las organizaciones de salud y permitiría un abordaje complejo de la salud de las personas.
La implementación de la perspectiva de género en la formación profesional se encuentra con obstáculos referidos a la resistencia cultural del sistema sexo-género a nivel individual de estudiantes, académicos, académicas y la resistencia de las organizaciones de salud. Lo que requiere un cambio en la cultura organizacional a través de la implementación de la transversalidad de género. Esto exige un cambio de actitud respecto a la pertinencia de la temática creando espacios académicos y formativos de reflexión personal y para la práctica profesional. Y aunar criterios sobre el concepto de género.
A lo anterior se agrega el trabajo de reflexividad que deben hacer académicos y académicas respecto a su formación en género y al igual que los y las estudiantes analizar su propia condición génerica. Además, es indispensable la reflexión institucional de los planteles académicos para repensar el modelo de salud e fortalecer el paradigma cualitativo y social como componentes de indagación.
Finalmente, es preciso decir, que la formación de profesionales de la salud con perspectiva de género requiere de un trabajo constante en el tiempo
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Cuad Méd Soc( Chile) 2018, 58( 2): 11-16