Por Julián Cajas
Ciudad de México, D.F., México
The Savages -de Tamara Jenkins
El hombre salvaje
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Así como el amor es al odio lo que la admiración es a la
envidia, o el silencio a la furia, de la misma manera el sol
de Arizona es a un invierno en New York, aunque ambas
cosas sean a la larga una abominación inherente a la clase
media estadounidense, sobre todo si lo comprendemos a través
de los avatares del héroe hoffmaniano, no precisamente salido de
algún relato de E.T.A. Hoffmann, sino el muchas veces energúmeno,
efusivo, profundamente desafortunado y desafortunadamente ya
profundo en la fosa de los muertos, intérprete de rollizos personajes
agobiados por el peso de su propia existencia. Philip Seymour Hoffman, salvaje solo como él pudo ser, una vez más.
Jon Savage, catedrático universitario especializado en el teatro de
Bertolt Brecht y por supuesto, dramaturgo frustrado, comparte
el escenario con Wendy Savage, su casi tan frustrada hermana y
con la que sostiene una rivalidad infantil, desdeñada más aún por
la presencia de Lenny Savage, el patriarca que ha sido bendecido
por la demencia en una progresiva y avasalladora decrepitud. Ellos
tres componen la trinidad de The Savages (2007), el que hasta el
momento es el último film de la cineasta estadounidense Tamara
Jenkins.
Las tribulaciones de los Savages, que obviamente las hay, comienzan
cuando a Lenny, bellamente interpretado por Philip Bosco en las
limitaciones de la vejez demasiado realista, deben encontrarle un
nuevo hogar fuera de una Arizona más estrambótica que idílica,
tras el deceso de su novia de muchos años. Es entonces cuando la
tarea recae sobre Jon (Hoffman), quien quiere internarlo cuanto
antes en el primer ancianato que lo reciba, y Wendy, encarnada por
Laura Linney, un poco más compasiva y visceral, que simplemente
busca un poco de dignidad \