Cuadernillo Kinetoscopio 2014 - I | Page 14

El bueno, el malo y el gay “Hay una parte de mí que tiene la obligación de decir: He visto a este actor haciendo algo que es maravilloso. Soy afortunado por haber estado ahí con una cámara y captarlo, y ya es tarde para arrepentimientos, ya tengo los 15 millones que cuesta esto y de todas maneras la película ya es demasiado larga. Voy a abusar de ese privilegio y preservaré el momento”. Fue lo que dijo Paul Thomas Anderson, en la edición de enero de 1998 de la revista Sight & Sound, cuando confesó por qué había dejado en el corte final de Boogie Nights (1997) aquella escena en que Scotty, el ayudante de audio de la productora de porno se arrepiente por intentar besar al protagonista masculino, llorando dentro de su carro nuevo mientras se llama idiota a sí mismo. Si uno la vuelve a ver entiende al director. Hay una verosimilitud en ella, que muy pocos actores podrían haber conseguido. Era lo que hacía tan especial a Seymour Hoffman: encontrar la verdad de sus personajes y 14 presentarla con una sinceridad que desarma cualquier prevención en el espectador. A partir de ese momento, la carrera del actor despegaría hasta convertirse en el secundario que le daba prestigio a cualquier papel que interpretara. Mientras tanto, su amistad con Thomas Anderson era cada vez más profunda. Quién sabe si por esa cercanía, el director escribió para Hoffman en su siguiente historia un rol totalmente opuesto a los personajes en que estaban encasillando al actor. En Magnolia (1999) Philip es poco menos que un ángel. Un enfermero que directa o indirectamente se preocupa por el destino de varios de los personajes de la película y cuya nobleza permitía que Hoffman mostrara un aspecto mucho más luminoso de su personalidad. Incluso Thomas Anderson escribe un diálogo que actores menos dotados nunca habrían podido decir con esa credibilidad: “Creo que tienen esas escenas en las películas porque son ciertas, ¿sabe? Porque Un amor y una amistad como esa, capaces de crear algo cercano a una relación perfecta, no se merecían nada menos. realmente pasan. Verá, esta es la e scena en la película en la que usted me ayuda”. No puede ser casualidad que el nombre del enfermero en la película también sea Phil. Después, con una agenda cada vez más ocupada, Philip aparecería en Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), donde le bastó un teléfono para desplegar todo su talento y luego, provocando una de las preguntas que algunos cinéfilos siempre nos hicimos, dejaría de ser parte de la siguiente película de Thomas Anderson, Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007), tal vez porque Daniel Plainview no era el personaje adecuado para él y sí para el físico de Daniel Day-Lewis o, más probablemente, porque el director y guionista sabía que si le daba un papel a Hoffman tendría en alguna escena el equivalente cinematográfico de un choque de planetas y le dio miedo. Pero cuando Paul T. Anderson decidió que en The Master (2012) quería retratar a un personaje que fuera capaz de fundar una religión y que debía ser una compleja combinación de ambición, encanto personal, condescendencia, astucia, energía, orgullo y temor, no pudo pensar en nadie más que en su amigo, en el hombre del que se había enamorado casi veinte años atrás y que durante esas dos décadas se había convertido en el mejor actor norteamericano de su generación (lo que se decía también de Anderson en la dirección). Hasta podríamos decir que el personaje es un protagonista disfrazado de actor secundario (como al final terminaba siendo Hoffman gracias a esa infinita capacidad de robarse las escenas en las que aparecía), por el momento en que entra en la historia. 15