El bueno, el malo y el gay
“Hay una parte de mí
que tiene la obligación
de decir: He visto a este
actor haciendo algo que es
maravilloso. Soy afortunado por
haber estado ahí con una cámara
y captarlo, y ya es tarde para
arrepentimientos, ya tengo los
15 millones que cuesta esto y de
todas maneras la película ya es
demasiado larga. Voy a abusar
de ese privilegio y preservaré el
momento”. Fue lo que dijo Paul
Thomas Anderson, en la edición
de enero de 1998 de la revista
Sight & Sound, cuando confesó por qué había dejado en
el corte final de Boogie Nights
(1997) aquella escena en que
Scotty, el ayudante de audio
de la productora de porno se
arrepiente por intentar besar al
protagonista masculino, llorando
dentro de su carro nuevo mientras se llama idiota a sí mismo.
Si uno la vuelve a ver entiende
al director. Hay una verosimilitud
en ella, que muy pocos actores podrían haber conseguido.
Era lo que hacía tan especial a
Seymour Hoffman: encontrar
la verdad de sus personajes y
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presentarla con una sinceridad
que desarma cualquier prevención en el espectador.
A partir de ese momento, la
carrera del actor despegaría
hasta
convertirse
en
el
secundario que le daba prestigio
a cualquier papel que interpretara. Mientras tanto, su amistad
con Thomas Anderson era cada
vez más profunda. Quién sabe
si por esa cercanía, el director
escribió para Hoffman en su
siguiente historia un rol totalmente opuesto a los personajes
en que estaban encasillando
al actor. En Magnolia (1999)
Philip es poco menos que un
ángel. Un enfermero que directa
o indirectamente se preocupa
por el destino de varios de los
personajes de la película y cuya
nobleza permitía que Hoffman
mostrara un aspecto mucho
más luminoso de su personalidad. Incluso Thomas Anderson
escribe un diálogo que actores
menos dotados nunca habrían
podido decir con esa credibilidad: “Creo que tienen esas escenas en las películas porque
son ciertas, ¿sabe? Porque
Un amor y una amistad como esa,
capaces de crear algo cercano
a una relación perfecta, no se
merecían nada menos.
realmente pasan. Verá, esta es la
e scena en la película en la que
usted me ayuda”. No puede ser
casualidad que el nombre del
enfermero en la película también
sea Phil.
Después, con una agenda cada
vez más ocupada, Philip aparecería en Embriagado de amor
(Punch-Drunk Love, 2002),
donde le bastó un teléfono
para desplegar todo su talento
y luego, provocando una de las
preguntas que algunos cinéfilos
siempre nos hicimos, dejaría de
ser parte de la siguiente película
de Thomas Anderson, Petróleo
sangriento (There Will Be Blood,
2007), tal vez porque Daniel
Plainview no era el personaje
adecuado para él y sí para el
físico de Daniel Day-Lewis o,
más probablemente, porque el
director y guionista sabía que
si le daba un papel a Hoffman
tendría en alguna escena el
equivalente cinematográfico de
un choque de planetas y le dio
miedo.
Pero cuando Paul T. Anderson
decidió que en The Master
(2012) quería retratar a un personaje que fuera capaz de fundar
una religión y que debía ser una
compleja combinación de ambición, encanto personal, condescendencia, astucia, energía,
orgullo y temor, no pudo pensar
en nadie más que en su amigo,
en el
hombre del que se había
enamorado casi veinte años
atrás y que durante esas dos
décadas se había convertido
en el mejor actor norteamericano de su generación (lo que
se decía también de Anderson
en la dirección). Hasta podríamos decir que el personaje es
un protagonista disfrazado de
actor secundario (como al final terminaba siendo Hoffman
gracias a esa infinita capacidad
de robarse las escenas en las
que aparecía), por el momento en que entra en la historia.
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