Cuadernillo Kinetoscopio 2014 - I | Page 12

Un actor y un director, relacionados simbióticamente para hacer una de las más sólidas filmografías del cine norteamericano. Cualquiera puede hablar de uno en su funeral. Uno ya no está para oponerse, no escogió el color del ataúd, ni los cantos que entona el coro, ni la ropa que le pusieron para enterrarlo. Así que cualquiera que se crea con autoridad puede pararse sin mucha resistencia por parte de la familia del difunto y decir en el micrófono lo que se le venga a la cabeza. Pero si el que 12 habla cuenta cuáles fueron las palabras que uno pronunciaba para confesar lo enamorado que estaba de su esposa, porque se las dijo a él, significa que quien está hablando es alguien realmente cercano. Un amigo. Eso fue lo que hizo Paul Thomas Anderson durante el entierro de Philip Seymour Hoffman, el 7 de febrero de este año en la Iglesia de San Ignacio de Loyola en New York. “Hombre, ella tiene el cuerpo más grandioso” contó Paul que le decía Philip, causando algunas inevitables risas en la concurrencia, a pesar de la ocasión. Él mismo se había enamorado de Seymour Hoffman cuando lo vio actuar en Perfume de mujer (Scent of a Woman, 1992) como lo dice, con esas palabras (“falling in love”) en los contenidos adicionales del DVD de Sydney (1996), su ópera prima. Se quedó viendo a ese joven rubio y robusto, que con muchos menos segundos en pantalla se quedaba más en la memoria del espectador que Chris O’Donnell, el apuesto y patético coprotagonista. Supo Anderson desde ese momento que quería trabajar con aquel actor. Como en toda historia de amor, lo mágico del asunto es que eran más cercanos de lo que se podían imaginar, pues un buen amigo de Seymour Hoffman actuaría al año siguiente en Cigarettes & Coffee (1993), el segundo cortometraje de Anderson, que sería estrenado en el festival de Sundance. El amigo de Philip le pidió que fuera a la presentación en Utah y ambos alquilaron un lugar 1 barato. Allí Anderson y Seymour se conocerían por fin, el uno, un joven director de 22 años y el otro, un no tan joven actor (para los estándares de Hollywood) de 25. Sin embargo, el contacto y la amistad solo empezarían un año después, cuando el mánager de Philip le llevó el guión de Sidney que había escrito “un fan”. Maravillado por tener un fan, bastó una lectura para que Seymour Hoffman supiera que este largometraje era del mismo director del corto con su amigo que tanto había disfrutado, pues Sidney es, básicamente, una ampliación de aquel. En la misma declaración, Anderson confiesa que escribió aquel personaje de Sidney con Phil en mente y que sabía que era uno más de esos papeles de imbéciles mal hablados que le ofrecían ya todos en Hollywood, como una costumbre, pero que no se sentía mal por ello porque esperaba que con el suyo llegara al máximo de ese tipo de interpretación. No sería en Sidney, pero en su siguiente película, una escena en particular le gritaría al mundo entero lo talentoso que era aquel tipo. También conocida como Hard Eight – nota del ed. 13