Thorn el viaje hacia Wloclawek, fuimos varias veces, y también por ferr oviarios polacos, locamente injuriados, además de bombardear con botellas y otros objetos. Los malos tratos no tenían fin. Kiok enloquecido, de quien hablé hace poco, fue maltratado a un garrote de goma por un policía polaco. En nuestro vagón se rompió una botella, lo que deprimió bastante a los que estaban en él. En Wloclawek tuvi mos que desembarcar y marchar en diversas direcciones por la ciudad, aparentemente sin un lugar determinado; a mi parecer, pero la marcha mas demorada fue a través de l a ciudad, fue intencional. Nos arrojaron piedras y nos dieron porrazos, etc. Yo, por ejemplo, recibí dos golpes en el rostro, dados con una corona de un revolver. Un golpe me rompió el hueso nasal, como constató el médico. Finalmente condujeron a nuestro grupo a un ingenio de azúcar, punto de unión de todos los grupos de internados. Nos quedamos. Allí, dos noches y un día, en el patio, en las salas del ingenio. El número de internados alcanzó, entretanto, a 7.000, entre hombres mujeres y menores. El jueves 7 de septiembre de 1939, reanudamos las marchas forzadas hacia Kutno y Lowitsch. Marchamos, casi ininterrumpidamente alrededor de 26 horas, más allá de Kutno, donde nos concedieron un descanso largo en un prado, de unas seis horas. En esa marcha fui testigo de cómo compañeros, exhaustos por l a fatiga, se quedaron al borde de la carretera, siendo, por orden de un primer sargento de la policía, muertos como“ perros sarnosos”. Se dieron, hasta la hora de nuestra liberación, cerca de 30 casos de éstos, a los que yo mismo asistí. Después del descanso más allá de Kutno, fuimos en marcha ininterrumpida de 16 horas hasta Lowitsch. De vez en cuando, encontramos destacamentos de tropas polacas. Ni llegábamos cerca de ellos, y comenzaban a insultarnos de la manera más baja; oí también fuertes disparos, y no me equivoco afirmando que eran soldados polacos disparando sobre grupos que iban detrás del nuestro. Nuestra escolta polaca intentó conducirnos en una dirección determinada, con el fin de alejarnos de la zona que era peligrosa para ellos. Logró ese intento con un grupo de unos 800 internados. Pero nos quedamos parados en el prado, donde estábamos, aguardando lo que viniera. Tropas polacas dieron también tiros sobre nuestros grupos que descansaban en el prado, siendo herido mortalmente a un miembro de mi comunidad, de nombre Franke, de Revier. Finalmente tocó la hora de nuestra liberación, después de las tropas alemanas haber conquistado terreno. De Lowitsch, seguimos, en carros puestos a nuestra disposición por la fuerza armada alemana, para Lodsc h, de donde nos transportaron en camiones hasta la más próxima estación, Kempen. La segui mos por el ferrocarril, vía Breslau, Schneidemuehl a casa. Yo mismo escogí la línea vía Lissa, porque resido en esa ciudad.
Debo mencionar que, durante las dos marchas forcadas, ocurrió varias vec es que hombres desesperados salieron de las filas, siendo entonces baleados como liebres en las batidas. Recuerdo, sobre todo, de un caso en que un compañero saldrá de la columna. Los hombres de la escolta le dieron tiros, en un pozo, rodeado de soldados polacos. Cuando estos alcanzaron a dicho compañero, no lo mato la bala, sino que l o patearan con sus botas de punta de hierro. Vi cómo él intentó aún levantarse, siendo