de policía más cercana. Caminando por las calles de la aldea, topamos con una patrulla de infantería polaca que nos condujo a la prisión de Turek, donde paramos sólo poco tiempo, después de haber sido trasladados a un bosque. En el camino, uno de mis compañeros intentó suicidarse, precipitándose en un pozo de agua.
Los soldados dispararon sobre él tres tiros, cayendo en el pozo. Llegamos al bosque, fuimos colados a lo largo de la cerca de una propiedad, declarándonos un oficial polaco que estábamos condenados a muerte. Oímos esa noticia, uno de mis compañeros, Fritz Sonnenberg de Czempin, intentó huir, siendo disparado por tres tiros. Nos condujeron hacia la carretera con el fin de marchar hacia un aire, donde seríamos fusilados. Tuvimos que marchar varios kilómetros, de brazos erguidos.
Aquel cuyo brazo flaqueaba, recibía golpes con la bayoneta o la culata. Detrá s de mí, oí caer tiros, donde concluye, por los gritos de los heridos, que otros compañeros iban perdiendo la vida.
El constructor Baumann cogió terribles culatazos; el propietario Hoffmenn- Waldau, de Kurschen, cerca de Schmiegel, se quedó con siete heridas producidas por golpes de sable. He sido herido de la misma manera en el brazo derecho. Finalmente, paramos en una plaza frente a una iglesia donde nos mandaron a echar, como el vientre en el suelo, los brazos extendidos hacia adelante. Esperábamos la muerte, pero los soldados se aprovecharon de nuestra posición para despojarnos de todo l o que llevábamos. A mí, por ejemplo, me sacaron 175 zloty y todo lo que traía c onmigo.
A algunos hasta el despojo tardó cerca de dos horas. Luego nos pusieron de nuevo en marcha, esta vez para un cementerio alemán donde seríamos fusilados. El cami no pasó a través de un terreno arado. Un compañero que perdió la calma, intentó huir, siendo alcanzado por unos tiros que lo mataron. Cuando llagamos a una parroquia, juzgábamos llegada a nuestra hora de muerte. Nos llevaron a la propiedad de un labrador, donde nos revisaron de nuevo. Lo que aún quedaba en nuestro poder, la primera vez, lo sacaron ahora.
Atravesamos, después, la parroquia en que había muchos soldados polacos, que chocaron, gritaban y maldice. Otro grupo que pasó cerca de los baleados, con ametralladoras y fusiles, por los soldados. De ese grupo, se unieron al nues tro, unos siete u ocho hombres, después del tiroteo. Media hora después, iniciamos la marc ha hacia Kolo. Fue un verdadero camino de la muerte. El jefe de nuestra clase era una polaca, de sexo femenino. Debo mi salvación, sólo, la circunstancia de encontrarme en la segunda fila del frente justo detrás de nuestra vanguardia formada por mujeres.
En esta marcha murió también el propietario Hoffmann-Waldau. Llegamos a Kol o por las 10 de la noche, siendo encarcelados en la comisaria. En un cubículo queda ron apiñados 28 hombres. El constructor Bergmann de Schmiegel, deseo añadir, fue, en esta marcha de la muerte, herido gravemente en el antebrazo, quedando el hueso aplastado. No obstante, de la grave lesión, continuó marchando hasta la tarde del sábado; eran tres días y medi o. En esa tarde del sábado, fuimos liberados por las tropas alemanas, ocasión en que el compañero Bergmann recibió curativos por primera vez.