A dos horas de la noche del 2 de septiembre de 1939 fuimos de nuevo atados a los dos por los bomberos y no nos dieron permiso para sentarnos. A l as tres horas deberíamos subir a un carro que estaba parado frente a la casa, pero, atados como estábamos, no podemos hacerlo.
Por eso, nos arrojaron en el carro, de las politicos, donde había, apenas una ta bl a estrecha. Yo, con mis 73 años, sufrí mucho bajo los sacudones del vehiculo y las esposas apretadas- en poco tiempo mis nalgas estaban todas raspadas- pedí que a l menos me aflojar las esposas. Las aflojaron un poco. Una mujer a quien pedimos agua, nos alcanzó un poco de agua a la boca. Así, también, alguien me puso una gorra en la carbeza. Llegamos a Kriewen. De ahi pasamos regularmente. Sólo, Juretzky fue insultado en la ciudad por un compañero de profesión, polaco. A partir de Kriewen, los ciclistas procedieron a movilizar a nuestro grupo a las aldeas por donde íba mos a pasar. En esas aldeas nos dieron con varas y látigos. Teniendo la certeza de haber visto también una hoz. Nuestra petición de mandar parar el carro para poder hacer nuestras necesidades, no fue satisfecho sino más tarde. El carro se paró, pero no nos dejaron bajar, de manera que tuvimos que hacer nuestras necesidades, sentados en el carro.
Por las 9 horas de la mañana del 2 de septiembre de 1939, llegamos a Schrimm. Hemos sido recibidos bajo gran alarde por la población. Mi compañero, el c erra j ero Haeusler, recibió, en un ojo, un golpe dado con una pieza de metal, atada a una correa, golpe este que le sacó el ojo fuera de orbita. Cuando, más tarde, pidió un paño húmedo para bajar un pco los dolores, le respondieron que no valía la pena porque, así como así, sería fusilado. Se posó en el internado cerca de la iglesia católica. En un pequeño pati o tuvimos que saltar, esposados, del carro; ya no recuerdo cómo lo conseguimos. Se juntaron, ahi, a lo que éramos nueve, más dos labradores alemanes, Hermann Lange y Wilhelm John de Sentschin( Fuerstenwalde, cerca de Punitz), uno y otro de unos 50 años de edad. Uno de ellos fue arrojado al suelo, en Kroeben, y fuera con los saltos, en la espalda que no pod ía mantenerse en pie; al otro habían roto todos los dientes, con excepción de dos, em Schrimm. El espacio en que nos hallábamos, era tan apretado que no había lugar para sentarse más de la mitad. Haeusjer se echó encima de un armario para presionar. No nos dieron nada para comer, nos trajeron, sólo, un balde agua. Por las 12 horas nos condujeron, los once, al mercado donde nos entregaron al puesto de policía, instalado en el palco municipal. En un cuarto de tamaño medio, habían rodeado la tercera parte del área con una gran barra de hierro, por todas partes. Eso nos obligo a quedarnos en pie, ni nos podríamos sentar. El civl que estaba de servicio, molestaba en cada momento. Así me dijo; que en mi casa encontraron glicerina y una lata de hoja para la fabricación de bombas, y aún un cincel y un hacha para matar a los polacos. De hecho, se hallaba, en mi refugio contra ataque aéreo, conforme a las órdenes recibidas, un cincel y un hacha. Me dijo todavía que no imagináramos que una pulgada siquiera del suelo pol aco sería cedida a Alemania; que en Lissa ya ha bía un sin número de alemanes muertos.