Género, seguridad alimentaria y cambio climático
En un segundo momento, destacamos que al interior de esa unidad de
análisis es importante el papel que juegan la ética y el trabajo de cuidado
realizado por las mujeres, junto con los conocimientos que aplican a mejorar
la satisfacción de necesidades, para garantizar la “sostenibilidad de la vida”
(Del Río, 2004:49). Además, como lo muestran los testimonios citados, la
organización y movilización de mujeres apuntala cambios “desde abajo”, con
los cuales trascienden los límites de la resistencia para colocar en primer plano
su vocación por la vida. Por ello, su ausencia en las instancias nacionales e
internacionales en las que se discuten los rumbos a tomar para enfrentar el
cambio climático y la seguridad alimentaria son injustificados, más aún si se
consideran las medidas de adaptación o mitigación que, aún sin conocer con
esas denominaciones, aplican en sus ámbitos cotidianos.
Así, la propuesta metodológica que aquí esbozamos atiende a reunir
de forma articulada el hacer de las mujeres en el ámbito de la UDC con la
resolución de las necesidades alimentarias y las medidas que se toman en lo
cotidiano frente a los efectos del cambio climático. Pretende poner de relieve que
la mirada sobre el fenómeno se modifica cuando se aborda con una perspectiva
de equidad de género que, por una parte, recupera el protagonismo femenino
en estos procesos, atendiendo a las relaciones de género que lo contextualizan
y, por otra, convocan a ampliar las prácticas de cuidado para convertirlas
en un bien común, equitativo, en el que el sexo de quien las ejecuta no sea
determinante de su valoración.28
De manera consecuente, consideramos que es urgente proponer cambios de
fondo sustentados en la revaloración de racionalidades distintas a la capitalista.
En el caso que nos ocupa, la ética feminista del cuidado es una propuesta
alternativa centrada en el reconocimiento de la valía de todos los seres y la
interdependencia socioecológica, que lleva consigo erradicar toda esencialización
que haga descansar esta práctica únicamente en las mujeres para incursionar,
por el contrario, en su socialización con una perspectiva incluyente e integral
que permita a mujeres y hombres de cualquier edad contribuir al bienestar
compartido.
En lo inmediato, a lo anterior se suma la revaloración del trabajo, el
ingreso y los saberes agropecuarios de las mujeres, que no son marginales,
irrelevantes o suplementarios, sino que pueden ser un pilar económico y
En este punto coincidimos con Angélica Velasco Sesma (2010:175) cuando afirma: “La lucha
por la soberanía alimentaria se enriquece al analizar la situación actual desde la perspectiva
de género. De este modo, podemos afirmar que sólo trabajando por un sistema económico
sustentable, respetuoso con las personas (independientemente de su sexos) y con el medio
ambiente, podremos garantizar una convivencia igualitaria, sostenible y pacífica para nosotros y para las generaciones futuras”.
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