La erosión de lo erótico
“Hay una distancia irreductible entre sujeto y sujeto:
un abismo insalvable, discontinuidad, una soledad extrema.
Sólo él muere, sólo él vive, sólo él es él.”
Georges Bataille. El erotismo
La cultura de consumo, el culto de consumir(se) es una
espectaculación, una radiación nociva que bajo la ilusión de la sal-
vación y mediante el placer exacerbado y masturbador
devora la vida en una condena depresiva, aislada en autolesiones
frenéticas que ensordecen tanto como adolecen la habitación del
habitar mundano. Se presenta como gran compensación a la trágica
erosión de lo erótico. Es un reflejo de época, una oración interior que
se ahoga en un fuego ensimismado, un patológico remordimiento que
se mutila en la pira de su (p)oblación, la
traducción de un infarto, de un sacrificio truncado. Los esclavos moder-
nos bajo el yugo de la prohibición maníquea han
entregado su existencia al turismo de emociones televisivas,
a recorridos sin trayectos ni riesgos, en una simple y pueril
condena de lo cotidiano, sacrificio abstracto y malogrado que se estip-
ula y estimula en ecuaciones gananciales; donde no hay lugar para la
perdida todo está perdido, no hay otro que
aparezca, que atempere la aislación abismal y febril del yo
delirante en absoluta idealización que solo absuelve abstracciones; es
en una experiencia que no deja rastro alguno, sin marca
alguna. Nada se inscribe en su imagen, en su perfil megalómano,
donde tan solo queda la ilusión como refugio sedante y
celante de la vida muriente. Este es un delirio de
inmortalidad que se oculta en reacciones fóbicas ante la muerte,
negando su topología, su fondo bajo tierra. El sujeto carente de
experiencia interior adolece sin límites lo ilimitado, y aturdido
deambula en busca de una salvación, la solución final,
el holocausto trascendental producto de su
maquinaria-maquinación especulativa. Este producto sujeto
cerrado-en-sí-mismo es un delirante crónico arrastrado en su debilidad
ética que consuma en hedonismo colérico.
En el despliegue de la ilusión de la conciencia, el sujeto moderno tardío
se encuentra apresado, sujeto de derecho como transición de la es-
clavitud sublimada en propiedad privada. En el tener(se) abjura su ser,
deniega el camino a lo otro, retirándose al interior de la caverna en-
cefálica de su abstracción colocada en el (a)parecer del habitar exteri-
or y efectivo que intenta dominar. Esto otro por lo cual se obstina en
dominar en obscena perversión es su propio terror ante todo lo que él
no concibe en su tener(se) ser.
“El eros es lo único que da vida al organismo.
Eso se puede decir también de la sociedad.
El narcisismo exagerado la desestabiliza.”
Byung-Chul Han
Distinta será la ocasión para aquel que pueda jugar éste abismo sin
ahogarse en su voz e imagen defensiva, quien pueda anteponer su ter-
ritorio y otorgar el lugar necesario para que la otredad entre en esce-
na, para que acontezca, y así aparezca como un golpe en la tormenta,
como un rayo en la noche que atraviesa la oscuridad absoluta.
Al ceder su posición adquirida y redescubrir la temporalidad desde la
otredad, la cuadratura inercial del yo declina y se encuentra invitada a
transgredir su propia figuración,
limitación adquirida por defensa maquinal, que se
redescubre en lo otro, que ya no solo lo nombra, sino que le
propicia el encuentro de una experiencia erótica en el encuentro con lo
totalmente distinto; experiencia desconocida y oscilante
frente a su propia muerte, en su propia experiencia de lo imposible.