El erotismo o el tedio de resolver un orgasmo
Desde el insondable pozo de las pulsiones, amenaza
siempre el evidente deseo. La relación imaginaria de éste
con su objeto, como un tercero, establece las improbables
maquinarias que definen, como parte inseparable de la
subjetividad múltiple, lo erotizable, lo que, aún vagamente,
despierta nuestra sensibilidad sexual. La línea que queda
trazada entre lo íntimo, nuestro cuerpo mismo, y lo común,
nuestro ambiente semiótico, no es una perturbación externa,
sino un tirante ejercicio de emancipación. La ubicuidad des-
cuidada del cuerpo, la portación más o menos conciente, no se
separa de la necesidad política de buscar experimentalmente
más allá de sus límites, fuera. El entorno ofrece de manera in-
consulta sucedáneos de estos procesos, gratis, casi imperati-
vos. La lluvia irrefre-nable de estímulos (de consumo, eróticos
o no) preparan el cerco donde lo erótico propio se desdibuja
y se esfuerza por emerger y en esa obligada proliferación de
líneas de fuga, esa multiplicación absurda de opciones, es
lo que rebalsa el remanente de nuestra propia experiencia.
Si decía antes pozo profundo no era sino para refer-
ir el deseo como faltante, como carencia, como hueco.
El erotismo construye los puentes entre ese abismo sol-
itario e inaccesible que somos y aquello otro deseado
sexualmente. Este espacio de tránsito es más maleable de
lo que su función parece exhibir. El paso (acelerado) sobre
el erotismo no siempre satisface. A veces fulgura, de tal
manera, que nos deja tarados en su centro. El tiro certero
del shérif sobre el malo no es diferente del lanzazo decisivo
sobre el mamut; el gol de nuestro equipo no es diferente
del orgasmo masculino en una película porno. No es difícil
ver los mecanismos de identificación que despliega la
pornografía. El componente pedagógico del porno
siempre se las arregla para acabar transformando ese
orgasmo en un gol nuestro, diferido, ajeno. La acrobacia
atlética, la desproporción o el límite traspasado por es-
tos actores fascinan la líbido desde la distancia del espect-
ador, siempre insatisfecha. Aquel hueco lo llena, opcional-
mente, el stock de significaciones disponible en el mercado.
Si es cierto que la sociedad ha decidido desplazarse del
papel vital que le concierne al de espectadora de su
propio modo de ser a través de las imágenes y si
éstas son la culminación del modo de ser del capitalismo,
entonces el erotismo, en su función de mediador entre
el placer sexual y el infinito pozo de los deseos, es otro
de los medios en el que la humanidad se relaciona consi-
go misma en el terreno de lo sexual. Acá es donde lo por-
no ingresa triunfante, donde es considerado como modo
sustitutivo de la experiencia personal y como perfor-
mance separada del cuerpo que le da aquel placer. El gol.