Cazadora cazada
Son pequeños ataques, ella se refiere a los mismos como
pequeños ataques de ansiedad. Le duran un suspiro, durante el
cual puede ordenar una casa de cuatro ambientes, correr las
combinaciones entre los subtes o desvelarse hasta devorarse diez
capítulos de una serie.
En las últimas semanas vivía de ataque en ataque, agazapada ad-
entro suyo, ácida como una ensalada de limas, pomelos y
limones. Nunca lo comunicó a nadie, quería sentirse fuerte,
necesitaba ser fuerte.
Esa noche se despertó a las 4.27 hs a causa de parciales
desaprobados, desvelándose. A las 7 am ya eran para ella las tres
de la tarde, bailaba y se maquillaba, imposibilitada de quedarse
quieta en un rincón.
4.27 am. Le hubiera gustado pensar en eso como una casualidad.
Para cualquiera hubiera sido una casualidad. Para
cualquiera, menos para Sofía.
La última vez que había visto el celular a esa hora, entró en una
conversación de 140 caracteres por mensaje con él. Todo había
empezado con una foto suya a cara lavada y una sonrisa pícara, y
un corazón pinchado en el momento correcto.
Salió al frío de la ciudad y dejó que por los auriculares sonara la
banda que había servido de enganche entre los dos.
Bajó en Perú para hacer la combinación y un calor le subió por el
estómago. Las piernas se le tensaron y la adrenalina la hacía tem-
blar en cada movimiento.
Quería el aliento fétido de la mañana. Quería la apoyada dura y
caliente, trastabillada en las escaleras mecánicas. Quería el mor-
disco en el labio inferior.
Quería la borrachera de mitad de semana. El abrazo al inodoro. La
resaca de jueves. La pierna enroscada en la cintura. La mano en la
cara.
Quería la anarquía a la hora de elegir un texto para analizar. Una
historieta sucia y el descubrimiento detrás de la misma. Quería
el debate político sin sentido. El enojo. La calentura. El sexo con
odio.
Quería los pechos estrujados sobre la ventana fría a causa de su
fuerza.
Quería saberse con el corazón partido cuando él no volviera algu-
na noche. Quería la cabeza entre las manos al amanecer al lado
de otro que no fuera él. Quería el choque con la realidad durante
la cena posterior. Quería la traición.
Quería el llanto. Quería el ahogar las penas. Quería el beso con
olor a whisky mezclado con el calor de su mejilla y lo salado de
sus propias lágrimas. El abrazo fuerte. El drama. El "no te vayas,
por favor" de parte de él. Quería el no oponerse ante esa
súplica.
Quería el saber que algún día no iba a soportar más el aliento
fétido de la mañana. Quería odiar la resaca de los jueves. Odiar su
anarquía. Quería el aburrirse de verse todos los días las caras, de
la rutina.
Quería quererlo para siempre para saber que algún día no iba a
quererlo nunca más a su lado.
Sofía, cazadora cazada, sin quererlo lo quiso.