El resto de la habitación lo formaban muebles y armarios, libros y CD 's, un ordenador,
un par de guitarras, objetos diversos y propios del mundo de alguien como Barbara.
Sobre la mesa también vi una fotografía de Jess con Vania y con Cyrille, además de otras
en las que Barbara recibía algún premio o distinción. Vi un álbum con recortes de prensa
de la propietaria de la habitación.
Pero, sobre todo, me quedé hipnotizado viendo una imagen.
Estaba en una esquina del rectángulo de corcho. No habría reparado en ella de no ser
porque me fijé en un detalle: había dos rostros blancos y dos negros.
Jess, Cyrille, Vania y...
—Esa mujer...
—Noraima —pronunció su nombre antes de que lo hiciera yo.
Me acerqué aún más. Las cuatro mujeres estaban en traje de baño, sexys los de las tres
modelos y discreto el de la mayor, con unas palmeras detrás y sensación de pleno ocio.
Reían felices. En aquella fotografía, mucho mejor que la del periódico de París, Noraima
daba la impresión de ser una mujer de unos cuarenta y tantos años, de rostro enérgico
pero mirada dulce. Tenía un brazo por encima de los hombros de una delicada Va