—Yo te he visto hace unos días en la portada del Bunte. ¿Qué tal?
Fumaban. Todas fumaban.
La conversión de Marcia Soubel fue vertiginosa. De niña a mujer en cinco minutos.
Debía de medir ya metro setenta y cinco o setenta y siete, largas piernas, carita muy
dulce. Su madre estaba cerca. Lo supe porque llevaba un book de su hija entre las manos,
dispuesta a enseñárselo al que quisiera. Cuando se levantó de la silla, me habría
enamorado; es decir, me enamoró. Le habría echado fácilmente veinte años.
La conversión del resto de las chicas fue más o menos igual.
Las dos que me habían parecido feas se transformaron en dos mujeres sofisticadas y
elegantes. Las que eran guapas se salieron. Las jóvenes reventaron. No hubo milagro de
panes y peces, pero sí de exuberancias visuales. En algunas bastaba un pequeño toque
para potenciar su morbo o producir un estremecimiento. Cuerpos ágiles, formas breves,
expresión. Mientras ellas crecían, yo menguaba. Comenzaba a entender muchas cosas.
—¿Te has cambiado la imagen?
—Sí, ¿te gusta?
—Te favorece, sí. El corte de pelo es genial.
—Fue en Nueva York. Tuve un repente.
Alguna correspondió a mi mirada. No es que fuesen sofisticadas, pero habituadas como
estaban a los mirones, me devolvían una de total indiferencia. Marcaban distancias.
Actuaban a la defensiva. Parecían hasta aburridas.
Y pasaban de todo. El mundo giraba a su alrededor. No al revés.
Creo que para ellas sólo había alguien superior: el creador que las contrataba y, tal vez, la
agencia que las tenía en nómina.
—Te he enviado dos o tres fax...
—Hace un mes que no voy por casa. Me compraré uno de esos portátiles porque si no...
Quedaba poco tiempo, pero una a una iban saliendo de la gestación estética o, mejor
dicho, del reciclado visual. Ellas mismas se maquillaban o se retocaban después. Los
cinco chicos daban la impresión de vivir ajenos a eso, aunque eran cinco especímenes de
primera. A su lado, yo era una fotocopia.
—¡Vámonos... al autocar!
Las mujeres que habían entrado ya no tenían nada que ver con las que salían. Marcia
Soubel, como Vania, Cyrille o Jess en su día, brillaba desde sus catorce años de
esplendidez. Cuando salimos a la calle, el tráfico entró en colapso. Nadie dejó de mirar.
Los que iban a pie contemplaron el desfile. Los que iban en coche pararon para atender a
algo más prioritario. Entramos en el autocar, modelos y legión de peluqueros y
peluqueras armadas con sus aperos de trabajo, y tuve suerte: me senté al lado de una de
las modelos, solitaria y taciturna. Parecía de las más discretas... si es que algo allí podía
ser discreto.
Me presenté y, de camino a la estación del desfile, me contó algunas cosas más. No le
importó que las anotara. Algunas eran reveladoras:
«Cuando salgo a la pasarela, puedo comerme el mundo. La timidez y los nervios
desaparecen.» «La edad no importa. Has de tener ilusión, ganas. Cuando la gente me
mira y me admira, me siento bien.» «No quería ser modelo, no lo pensé. Pero me lo
ofrecieron y... ahora me entusiasma.» «Las tops ganan millones y se les suben los humos.
Yo antes era muy cerrada y ahora soy más abierta. Se madura antes.» «Cuando hago una
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