CHICAS DE ALAMBRE LAS-CHICAS-DE-ALAMBRE | Page 56

—No, pero desde luego estaba el de París, porque leí que vivía más en él que en su piso de Barcelona. A lo mejor tenía también otro en Nueva York. Para una top sería lo más usual. —Dile a Carmina que indague eso, ¿de acuerdo? —Se lo digo. —Mañana me voy a Nueva York; que me deje el recado en el hotel antes de irse esta tarde, si es que tiene algo. —De acuerdo. Tengo otra llamada, Jonatan. —Un beso, mamá. —No te enamores de una modelo —fue lo último que le oí decir antes de colgar. XVII Era difícil no hacerlo. Cuando llegué a la peluquería de Ivan, uno de los templos parisinos de la modernidad, las modelos todavía no habían llegado de la comida. Llevaban un ligero retraso. —¿Tú eres Jon Boix, el periodista español? Trisha me ha dicho que te dé carta blanca, así que... a tu aire, sin problemas —me saludó el peluquero por cuyas manos pasaban las cabezas de las bellas—. Ah, fíjate en Marcia Soubel. Tiene sólo catorce años y es la benjamina. ¡Es la última sensación! Me contó que las modelos llevaban desde las diez de la mañana en el lugar del desfile, una antigua estación reconvertida como por arte de magia en pasarela de la moda, en Neuilly. Después de cinco horas de ensayos, porque el desfile «era complejo» y la ropa «una pasada» —palabras textuales—, habían ido a comer y estaban a punto de regresar. Todo el equipo de Ivan estaba dispuesto para dejar a las dos docenas de chicas visualmente perfectas. Se percibía una contenida tensión. No tuve que esperar mucho. Apenas cinco minutos. Alguien dijo: —¡Ahí están! Y se disparó la adrenalina. La de unos, laboral. La mía, anímica. Llegaron en un autocar. Exactamente diecinueve mujeres por sólo cinco hombres. Aunque ellos eran muy atractivos, me sonaron a complemento, a relleno. Ellas eran las reinas. Ellas eran el quid de la cuestión. Y fue como si con ellas aquel mundo empezara a tener sentido. Se desparramaron por las butaquitas de la peluquería unas y por el suelo o por las sillas, a la espera de su turno, otras. No había orden ni preferencias; todo dependía de la clase de peinados que fueran a lucir o la necesidad de un mayor o menor tratamiento estético. Lo curioso es que cada quien, desde ese momento, pareció saber cuál era su papel. No hacía falta un árbitro ni un director artístico, como en el desfile. Ivan, por su parte, se clonificó, multiplicándose para estar en todas partes. Y lo conseguía, sin prisas pero sin pausas, con una eficiente profesionalidad, producto de muchas horas y muchos pases y muchas... Las observé, una a una, con detalle. Y me quedé bastante impresionado. 56