CHICAS DE ALAMBRE LAS-CHICAS-DE-ALAMBRE | Page 44

le digo, y me enamoré de ella al instante. Ya ve. Tenía sesenta años, y ella, catorce, aunque la edad no contase. No en ese momento, por extraño que le parezca. —No me parece extraño. La mayoría de las modelos de hoy son niñas, y muchos hombres ven lo que anuncian y las desean, a veces sin saber que tienen quince años. El maquillaje o la ropa las hace parecer mucho mayores. —Conoce usted la historia de Cyrille, supongo. —Sí. —¿Se lo imagina? —me apuntó con un dedo inquisidor—. Todo lo que pasó antes de que mi amigo le diera un trabajo y yo me la trajera a París... Una vida entera, un infierno. Decían que su belleza era diferente, que inspiraba ternura, pero que era fría. ¿Cómo no iba a serlo? ¡La mataron siendo una cría! —Debe de ser duro que tu propio padre te venda por unos camellos. —¡No es sólo eso! —se envaró—. Cyrille estaba muerta en vida, no podía amar a nadie. Por eso yo fui importante para ella, porque la cuidé como nadie lo había hecho. Y por eso fueron importantes Jess Hunt y Vania, porque se convirtieron en sus hermanas, su familia. —¿Por qué dice que estaba muerta en vida? —Señor Boix —frunció el ceño—, ¿acaso ignora que le hicieron una ablación de clítoris cuando tenía nueve años? No lo sabía. Nadie lo había escrito jamás. Era la primera noticia. Me estremecí sin poder evitarlo. Si hay una práctica ancestral que me parece aberrante, brutal, odiosa y dramática, es la de la ablación de clítoris en algunos países africanos o de religión islámica. Cada año, en diciembre, mientras una parte del mundo celebra la Navidad; en otra parte, a miles de niñas se les amputa el clítoris para anularles el deseo, para que no sientan el placer sexual, para convertirlas tan sólo en máquinas reproductoras. A fines de 1997 en Egipto se había prohibido finalmente por ley la ablación de clítoris, para monumental enfado de los radicales islámicos. Sólo que Egipto no era más que un país, y en las aldeas, tanto como en el silencio de las casas de las grandes ciudades, las ablaciones seguían, y seguirían, y seguirán. Tradiciones. —Ya veo que no lo sabía —asintió Frederick Dejonet. —No —exhalé. —Entonces, lo entiende, ¿no es así? Se convirtió en una de las mujeres más deseadas del mundo, y el contrasentido era que ella no podía sentir ningún deseo. Jess Hunt tuvo una vida azarosa, y Vania, aunque menos, también. Amaron y fueron amadas. Cyrille, no. Era fría. Pese a lo cual pasé con ella los mejores momentos de mi existencia; ¿puede creerme? —Cuando la perdió, debió de pasarlo mal. —No llegué a perderla del todo —se defendió—. Lo que pasó fue que un día la vio por la calle Jean Claude Pleyel y la naturaleza siguió su curso. Nada menos que él, dueño de la Agencia Pleyel, en persona. Era una oportunidad. Cyrille tenía quince años y él le puso el mundo a sus pies. Aceptamos. Y vea que hablo en plural. Aceptamos. Yo no podía tenerla en casa, encerrada en una urna. Ella necesitaba abrir sus propias alas. En dos años ya era una gran modelo, no tuvo que aprender nada. Le ponían cualquier ropa y le decían: 44