y le tenía un afecto profundo y sincero. Le consideraba como un padre, como un guía,
cuyos elogios me eran más preciosos que cualquier otro elogio del mundo, como a
alguien a quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado del mundo entero. Tú sabes,
mamá, lo joven a inexperta que era cuando de pronto me lo presentaste como marido.
-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a todos los que están aquí --dijo mistress
Markleham.
(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable más -murmuró mi tía.)
-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida tan grande, según me parecía -dijo
Annie, continuando en el mismo tono-, que en el primer momento me sentí inquieta y
desgraciada. Era una chiquilla todavía, y creo que me entristeció pensar en el cambio que
traería el matrimonio a la naturaleza de los sentimientos que le había profesado hasta
entonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a mis ojos tal como le había conocido
cuando sólo era su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera digna de él, y nos
casamos.
-En la iglesia de San Alphage Canterbury -observó mistress Markleham.
(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía---. ¿Es que no quiere callarse?)
-No pensé ni un momento --continuó Annie, enrojeciendo- en los bienes materiales que
mi marido poseía. A mi joven corazón no le preocupaban seme jantes cosas. Mamá,
perdóname si lo digo que tú fuiste la primera que me hiciste comprender que en el mundo
podría haber personas bastante injustas hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel
sospecha.
-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.
(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted --observó mi tía-; y esta vez, por mucho juego que
des al abanico, no te puedes negar, marcial amiga.)
-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida --dijo Annie-. Fue la primera de mis
penas; pero últimamente han sido tan numerosas, que no podría contarlas; pero no por la
razón que tú supones, amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pensamiento, ni un
recuerdo, ni una esperanza que no esté unida a ti.
Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que parecía el espíritu de la belleza y de
la verdad. El doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie sostuvo su mirada.
-No le reprocho a mamá que te haya pedido nunca nada para sí misma; sus intenciones
han sido siempre irreprocha bles, ya lo sé; pero no puedo decir lo que he sufrido al ver las
llamadas indirectas que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía de mi nombre
respecto a ti, cuando he sido tes tigo de tu generosidad y de la pena que sentía míster
Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos. ¡Cómo decirte lo que sentí la primera
vez que me vi expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido mi amor, a ti, el hombre
que más estimaba en el mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de una
vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he
sufrido; mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener siempre sobre el corazón ese
temor, esa angustia, y saber en conciencia que el día de mi matrimonio no había hecho
más que coronar el amor y el honor de mi vida.
-¡Y esto es lo que se gana --exclamó mistress Markleham llorando- sacrificándose por
los hijos! ¡Querría ser turca!
(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras quedado en tu país natal --dijo mi tía.)
-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto de mi primo Maldon. Yo había tenido
-dijo en voz baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con él. En nuestra infancia
éramos pequeños enamorados. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado de otro
modo, quizá hubiera terminado por persuadirme de que realmente le quería, y quizá me