Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el doctor Strong te asegurará el porvenir
todavía más de lo que ahora dice y promete».
En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes salieron del despacho del doctor.
-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano después de escuchar, El buen hombre
ha firmado, sellado y entregado el testamento, y tiene la conciencia tranquila, tiene
derecho. ¡Qué hombre! Annie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho, pues no sé
prescindir de las noticias del día. Miss Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al
doctor, se lo ruego.
Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su cortaplumas, cuando seguimos a
mistress Strong al despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente la nariz, como para
distraer un poco su furor contra nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir, lo he
olvidado sin duda, es quién fue el que entró primero en el despacho, ni cómo mistress
Markleham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco podría decir cómo fue que mi tía y
yo nos encontramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron más listos que los míos y
me retuvo expresamente; no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al doctor antes
de que nos viera; estaba en medio de los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza
tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo instante vimos entrar a mistress Strong,
pálida y temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una mano encima del brazo del
doctor, que levantó la cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de rodillas a sus pies,
con las manos juntas, suplicante, fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al ver
aque llo, mistress Mark1eham dejó caer el periódico, con una expresión de asombro tal,
que se hubiera podido coger su rostro para ponerle en la proa, a la cabeza, de un navío
llamado La Sorpresa.
En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en su extrañeza, y a la dignidad de su
mujer en su actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster Dick y a la seriedad con
que mi tía se repetía a sí misma: « ¡Es te hombre, y dicen que está loco! » (pues triunfaba
en aquel momento de la posición miserable de que le había sacado), me parece que lo
estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en que lo estoy contando.
-Doctor -dijo mister Dick-, pero ¿qué es esto? ¡Mire usted a sus pies!
-¡Annie! -exclamó el doctor-. Levántate, querida mía.
-No -dijo ella-, y suplico a todos que no salgan de la habitación. Esposo mío, padre
mío, rompamos por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y otro lo que nos separa.
Mistress Markleham había recobrado el use de la palabra, y, llena de orgullo por su hija
y de indignación maternal, exclamó:
-Annie, levántate al momento y no avergüences a todos tus amigos humillándote así, si
no quieres que me vuelva loca.
-Mamá -contestó Annie-, haz el favor de no interrumpirme. Me dirijo a mi marido; para
mí sólo él está aquí; es todo para mí.
-¿Es decir -exclamó mistress Markleham-, que yo no soy nada? ¡Esta chica ha perdido
la cabeza! Haced el favor de traerme un vaso de agua.
Estaba demasiado ocupado con el doctor y su mujer para atender a aquel ruego, y como
nadie le prestó la menor atención, mistress Mark1eham se vio obligada a continuar suspirando, a abanicarse y a abrir mucho los ojos.
-Annie --dijo el doctor, cogiéndola dulceme nte en sus brazos-, querida mía; si ha
sucedido en nuestra vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo sólo la tengo. Mi
afecto, mi admiración, mi respeto no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te
amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego!
Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y después, apretándose todavía más
contra él, puso su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando encima la cabeza, dijo: