haber acabado su deber, echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encantador para mí,
aunque los demás no vean en ello más que niñerías!
Poco tiempo después tomó posesión de las llaves, que paseaba por toda la casa en un
cestito atado a su cintura. En general, los armarios a que pertenecían no estaban cerrados,
y las haves terminaron por no servir más que para divertir a Jip; pero Dora estaba
contenta, y eso era suficiente para mí. Estaba convencida de que aquella determi nación
debía de producir el mejor efecto, y estábamos contentos como dos niños que juegan a las
casas de muñecas para divertirse.
Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi tanta ternura a mi tía como a mí, y le
hablaba a menudo de los tiempos en que pensaba en ella como en «una vieja gruñona».
Nunca se había preocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip, que no le
correspondía; oía tocar todos los días la guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la
música; no nombraba nunca a nuestra serie de «incapaces», y, sin embargo, la tentación
debía ser muy grande para ella; hacía a pie caminatas enormes para traer a Dora toda
clase de cosillas de que tenía gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no estaba
abajo se la oía decir en la escalera, con una voz que resonaba alegremente en toda la casa:
-Pero ¿dónde está Capullito?
CAPÍTULO V
MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI TÍA
Hacía ya algún tiempo que había dejado de trabajar con el doctor. Vivíamos muy cerca
de él, y le veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos ido a comer y a tomar el té a
su casa. El Veterano vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con sus mariposas
inmortales revoloteando alrededor de su cofia.
Como a tantas otras madres que he conocido en mi vida, a mistress Markleham le
gustaba mucho más divertirse que a su hija. Necesitaba divertirse, y como un hábil
«veterano» que era, quería hacer creer, al consultar sus propias inclinaciones, que se
sacrificaba por su hija. Esta excelente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta a
favorecer los deseos del doctor, que quería que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar
la discreción de su yerno.
No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor sin saberlo; y sin poner en ello más
que cierta cantidad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a veces hasta en
personas de edad madura, le confirmaba, yo creo, en la idea de que era imponente para la
juventud de su mujer y de que no podia hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de felicitarle porque trataba de endulzar a Annie el peso de la vida.
-Amigo mío - le decía un día en mi presencia-, usted sabe muy bien, sin duda, que es un
poco triste para Annie el estar encerrada siempre aquí.
El doctor movió la cabeza con benevolencia.
-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió mistress Markleham, moviendo su
abanico- será otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda; con tal de estar bien
acompañada, no desearía nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y Annie no es
su madre.
-Ya, ya --dijo el doctor.
-Usted es el hombre mejor del mundo. No; dispénseme usted -continuo, viendo que el
doctor le hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de usted como lo digo siempre
por detrás: es usted el hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted no puede, ¿no
es verdad?, tener los mismos gustos y preocupaciones que Annie.
-¡No! --dijo el doctor con voz triste.